LAS DELICIAS DE VOLTAIRE

Hay en la parte occidental de Ginebra un lugar que en tiempos era parte de las afueras de la ciudad y que hoy ha sido desbordado por el crecimiento urbano, aunque conserva aún el aspecto que tuvo en el siglo XVIII. Me refiero a una casa de campo o palacete no fácil de encontrar si no se busca expresamente. Subiendo por la calle Voltaire en dirección Oeste, se llega a la calle de Las Delicias y buscando cuidadosamente en ésta se consigue encontrar el nº 25 en el que una placa indica que nos hallamos ante el "Instituto y Museo Voltaire". La densa vegetación del jardín no permite ver desde la calle el edificio donde está instalado. El discutido escritor compró esta casa en 1755 para su retiro y refugio en circunstancias muy especiales y en un momento crucial de su vida.

Pero hagamos un poco de Historia.

Voltaire, cuyo verdadero nombre era Francisco María Arouet, nació el 21 de noviembre de 1694 en París, aunque alguno de sus biógrafos dice que fué en Chatenay, donde ejercía su padre como notario. Fué el quinto de los hijos del matrimonio Arouet, criándose débil y enfermizo y temiéndose siempre su muerte prematura. Sin embargo, resistió los embates del crecimiento y a los 10 años (1704) ingresó en el Colegio de Jesuítas "Luis el Grande" donde pronto se distinguió por su precoz facilidad para versificar, por su indisciplinado carácter y por su "ingenio maligno", lo que hizo proferir a uno de sus maestros, el P. Lejay, una frase que quedó grabada para siempre en el infantil cerebro: "Serás con el tiempo, el caudillo de la impiedad". Sin embargo sus maestros jesuítas le prepararon muy bien en Literatura clásica, Latín y Retórica, cosa que él siempre reconoció, aunque con su lengua viperina decía que "los jesuítas le habían enseñado Retórica, Estética, Latín y algunas necedades". La estancia en el Colegio de jesuítas le permitió trabar amistad con otros alumnos que eran hijos de magistrados y grandes señores, lo que más tarde le fué muy útil.

A la muerte de su madre, se encargó de su educación su padrino, el abate Châteauneuf, cuya condición de libertino de la época no era precisamente lo más apropiado para el joven. Entre otras muchas cosas le debió Voltaire el haber sido presentado a la famosa Ninon de Lenclos, una de las célebres cortesanas del siglo XVII, que aunque ya era octogenaria, aún podía considerarse como maestra de la elegancia y el "savoir faire". Otra deuda contraída tempranamente con su singular padrino fué el haber sido introducido en la menos recomendable "Sociedad del Temple", cuyos miembros le aleccionaron bien y cuyas enseñanzas llevaría bien impresas en su espíritu por el resto de su vida.

La anciana Ninon de Lenclos quedó tan encantada con el flaco y desgarbado sobrino del abate, que viendo su afán por el estudio, le legó su Biblioteca y una fuerte suma de dinero para que se comprara más libros.

El padre de Voltaire quiso que estudiara Leyes y a regañadientes comenzó éste la carrera, pero pronto se pudo ver que no tenía ni afición ni ganas de seguir tales estudios. Ante aquella situación, el viejo notario viendo la carrera de "calavera" que seguía su hijo, le envió como paje del Marqués de Châteauneuf, hermano del abate su padrino, que iba como Embajador de Francia a La Haya. Pero en los Países Bajos llegó a ser un dolor de cabeza tal para el Embajador que para evitar que cometiera un desaguisado escapándose con una joven, Olympia Dunajec (Pimpette), de la que se había enamorado, le hizo regresar a casa de su padre. Este en el colmo de la furia, le colocó de amanuense con un procurador.

Pero, el que más tarde se haría llamar "Voltaire", ya se había lanzado al mundo de las Letras y entre epigramas y sátiras burlescas, que eran su forma preferida de manifestar sus resentimientos, comienza a escribir sus dos primeras grandes obras "Oedipe" y "Henriada", que serían verdaderas obras maestras. Sus malignas sátiras le valen un destierro en el Castillo de Sully-sur-Loire. No escarmentado, reincide y hace circular por París otro escrito panfletario titulado "Puero regnante", nueva sátira dirigida contra el Regente, que le cuesta once meses de encierro en La Bastilla (1717). Este "reposo obligado" le permite terminar su obra "Oedipe", que dedicó precisamente al Regente de quien antes se burlara, el Duque de Orléans, quien la acepta complacido y al comprender el valor intelectual de aquel joven díscolo, le toma afecto y le señala una pensión de 1.200 libras.

Lanzado al mundo de la Literatura y el espectáculo, Voltaire consigue que se estrene "El Edipo" que se representa con un éxito rotundo (18 de noviembre de 1718) lo que le sirve entre otras cosas para reconciliarse con su padre que comienza a pensar que quizás estaba equivocado con aquel hijo. El buen notario parece que dijo en aquella ocasión o quizás un poco más tarde: "Tengo dos hijos locos, el uno en prosa y el otro en verso". El loco en prosa era el hijo mayor que se había hecho jansenista y el loco en verso, Voltaire, que llegaría a ser uno de los hombres más famosos de Francia.

Cuando el joven y triunfante autor fué a expresar su gratitud al Duque de Orléans por su apoyo financiero, oyó de la boca del Regente estas palabras:

-"Sed prudente y me cuidaré de vos".

La futura gloria de Francia le contestó acordándose de los once meses de cárcel:

-"Os quedo infinitamente agradecido Sire, pero suplico a Vuestra Alteza que no se encargue de mi alojamiento, aunque sí de mi alimentación".

Pero algo bullía en el interior de Francisco María Arouet que no le permitía ser como los demás y por participar en ciertas intrigas cortesanas, vuelve a ser desterrado. Aprovecha para seguir escribiendo y surgen sus tragedias "Artemisa" y "Marianne".

Cumplido su castigo, participa hábilmente en negocios y especulaciones con los hermanos Páris, conocidos financieros de su tiempo y consigue multiplicar la herencia de su difunto padre, haciendo una gran fortuna, con el negocio del aprovisionamiento del ejércirto. Aquello le abre las puertas de la corte. Fama, dinero, gloria y placeres, serán sus compañeros ya inseparables, como las consecuencias de éstos, las pendencias y una salud siempre aparentemente precaria.

Otra de sus sátiras ha herido profundamente la sensibilidad de una de las familias más poderosas de París, los Rohan-Chabot, que le envían a sus criados para que le propinen una paliza, consiguiendo además que Voltaire dé de nuevo con sus maltrechos huesos en la cárcel. Otro mes de encierro en La Bastilla (1726) seguido de destierro en Inglaterra.

Los biógrafos de Voltaire acostumbran a dividir su vida en cuatro periodos a partir de este exilio de Francia:

  1. Estancia en Inglaterra.
  2. Permanencia junto a Mme. du Châtelet.
  3. Permanencia junto al Rey Federico II de Prusia.
  4. Apoteosis final como gran apóstol de la tolerancia y señor de la opinión iluminada, coincidiendo con sus retiros en "Las Delicias" de Ginebra y el Castillo de Ferney.

El destierro a Inglaterra fué para Voltaire una gran fortuna y una revelación. Allí aprendió a conocer a Inglaterra, relacionándose con los mejores escritores y científicos de la época: Pope, Swift, Congrene, pero sobre todo con la obra de Newton cuyo entierro presencia y la de Shakespeare que ejercerá gran influencia en su obra posterior. Inglaterra fué escuela que abrió los ojos al libertino y disoluto joven, haciéndole entrar en un mundo desconocido hasta entonces para él. Vivió tres años en Inglaterra y allí escribió "Ensayo sobre la poesía épica" (1776), "Vida de Carlos XII", su tragedia "Brutus" y "Cartas filosóficas o Cartas inglesas".

En 1729 regresa a Francia, cancelado su castigo, con un enorme bagaje de conocimientos, que le permiten volcar la influencia del teatro inglés en su obra "La muerte de César" (1735), sin dejar por ello de seguir su costumbre de atacar a los escritores de su tiempo en "Templo del gusto".

Por otra parte la publicación de sus "Cartas filosóficas" organiza un escándalo en el Parlamento que decreta que la obra sea quemada públicamente por el verdugo. Voltaire tiene que huir a Lorena. Le da posada su amigo el Marqués du Châtelet en su castillo de Cirey y Voltaire se lo agradece enredándose en amores con su mujer. Esto no le impide escribir allí su "Tratado de Metafísica" y su tristemente célebre "Pucelle d'Orléans", obra que ofendió los sentimientos de toda Francia, "Ensayo sobre la Naturaleza del fuego", "Elementos de la Filosofía de Newton", "Metafísica de Newton", "Zulime" otra tragedia, "Mahoma o el fanatismo", obra que tuvo que ser suspendida a la tercera representación y que astutamente su autor dedicó al papa Benedicto XIV quien la aceptó y le envió su bendición. Se repetía una vez más lo ocurrido con "Edipo" y el Duque de Orléans.

Se enfrenta con quien había sido uno de sus mejores amigos, J.J.Rousseau, enemistad que perdurará hasta la muerte de ambos que tuvo lugar casi al mismo tiempo.

De su pluma salen las obras una tras otra: "Pandora", "El Siglo de Luis XIV", "El envidioso", muchas veces dirigidas contra alguno de sus rivales. Sus peleas con el dramaturgo Crebillon, protegido de la Pompadour, se traducen en duelos verbales y nuevas obras como "Semiramis", "Orestes", "Roma salvada", "Zadig". Esta última fué su primera novela, que aprovecha para expresar en ella sus ideas disolventes.

En 1749 tiene lugar un acontecimiento que altera profundamente la vida de Voltaire: la muerte de parto de la Marquesa du Châtelet, su amada de tantos años. Esto y la enemistad con el Rey, le hacen decidirse a aceptar la invitación que hacía tiempo estaba en pie del que conoció como Príncipe y es ahora Federico II de Prusia.

Así que parte para Berlín y se instala en Postdam. Federico de Prusia le asigna una pensión anual de 20.000 libras, le nombra chambelán y le condecora. Voltaire se dedica a escribir su "Historia Universal", que terminará en Ginebra con el título de "Essai sur l'Histoire générale et sur les moeurs et l'esprit des nations depuis Charlemagne jusqu'à nos jours". Escribe otra novela "Micromegas", "Candide" y otras muchas obras.

Pero su inestabilidad emocional y su carácter le enfrentan con el Monarca en 1750 a causa de ciertas especulaciones bancarias con las acciones de la "Steuer" en complicidad con el financiero judío Hirschell. No puede contenerse y ataca al Rey y hace burla de él en alguno de sus escritos y de paso se enfrenta también con el Presidente de la Academia Real de Berlín, Maupertuis, por defender a un académico expulsado, el Prof. Koenig. Sale de su pluma la famosa "Diatriba del Dr. Akakia" (1752) que da motivo a que Federico II ordene quemarla públicamente por el verdugo.

Voltaire no aguanta más. Dimite de su puesto palaciego, devuelve sus condecoraciones y el dinero de su pensión y se va con la Marquesa de Gotha de regreso a Francia no sin que los aduaneros le traten violentamente en la frontera. Pero no le quieren tampoco las autoridades de Francia como tampoco las de Prusia. Hace un alto en el camino y él que tanto había denigrado a la religión y a sus representantes se refugia en la Abadía de Genones, de padres benedictinos, donde trabaja con Dom Calmet y encuentra un excelente material para su "Historia Universal" y su "Ensayo sobre las costumbres" en la Biblioteca del Monasterio, donde pasa unos días maravillosos compartiendo la comida con los monjes en el refectorio. Después de esta estancia tan provechosa en el Monasterio, pasó por el Balneario de Plombières para recoger a sus sobrinas Mme. Denis y Mme. De Fontaine que le acompañarán.

Piensa muy seriamente en instalarse en un país republicano como Suiza, donde el largo brazo de los Monarcas no pueda alcanzarle y es precisamente cuando se dirige, primero a Lausanne y luego a Ginebra, donde gracias a los buenos oficios del que será su médico hasta su muerte, el Dr. Tronchin, compra la propiedad de la que quedó enamorado nada más verla, una finca que se llamaba "Sur-Saint-Jean" y a la que Voltaire rebautizó con el nombre de "Las Delicias", según dijo: "para no tener que estar bajo la protección de un santo".

Fué el 20 de enero de 1755, cuando Voltaire y sus sobrinas, vieron por primera vez la encantadora finca construída unos 15 años antes, a cuatro millas y media del centro de Ginebra, en las afueras de la ciudad. Al verla exclamó Voltaire: "Es el palacio de un filósofo con el jardín de Epicuro; es un retiro delicioso", excelente para "el mayor hipondriaco de Europa" como se consideraba a sí mismo. Por este motivo y por sus muchas "dolamas" le venía muy bien tener cerca al Dr. Tronchin a quien describe como "un hombre de seis pies de altura, sabio como Esculapio y bello como Apolo". El que fuese calvinista no empañaba su aprecio por él.

Apenas se instaló, diciendo que "estaba fundando Cartago", mandó buscar semillas, más de 200 plantones de árboles frutales, haciéndolos sembrar en el jardín. Plantó cebollas, tulipanes, rosas y zanahorias y en el borde de los caminitos, lavanda. Hizo traer muebles hasta llenar la casa. Era en realidad la primera vez que vivía en casa propia. Pronto tuvo un gallinero, carros, cuatro coches con sus respectivos cocheros y un servicio permanente de lacayos. Vivía principescamente. "Me gustan mucho los pueblos libres, pero aún me gusta más ser amo de mi casa", decía.

Su sobrina, María Luisa Mignot, Mme. Denis por el apellido de su difunto esposo, actuaba como ama de llaves y... ama de casa.

Cuando subía yo aquel día, durante mi estancia en Ginebra, por la calle de Las Delicias y penetraba en el jardín que hacía más de dos siglos fué motivo de los cuidados del autor de "Cartas filosóficas" y de su sobrina, aún se podía aspirar el aire embalsamado por los árboles frutales que aún crecen allí, de los arriates y de los macizos de flores en los que la primavera suiza se esponja. Me senté en un pequeño banco de piedra, mirando la fachada de la casa con sus bellos pabellones, imaginándome por un instante que el tiempo, flexionándose, me permitía acceder a aquella "belle époque". Coches de caballos entraban y salían por la gran verja de hierro forjado, abierta constantemente a todos los aires de Europa, trayendo amigos y visitantes del filósofo, para asistir a alguna de las representaciones teatrales que organizaba noche tras noche en el teatrito casi experimental, construído para el ensayo de sus obras.

Otras veces me parecía ver salir por la mañana temprano al ya viejo y desdentado autor de tantas obras, que iba arrancando plantas parásitas que estorbaban a sus macizos de flores, mientras recitaba unos versos dedicados a su maravilloso retiro:

"¡Oh casa de Aristipo! ¡Oh jardín de Epicuro!

Tú que me ofreces en tus varias partes

Lo que a mi verso falta:

El mérito del Arte sujetado a Natura.

¡Imperio de Pomona y de su hermana Flora,

Reconoce a tu dueño!".

Solía decir que se había instalado en "Las Delicias" para dejar que se secase su ropa mojada después de la tormenta.

Me parece escuchar a Mme. Denis asomada a una ventana llamar a su tío:

-"¡El café está preparado!"

¡Santa palabra! Al oirla Voltaire deja todo y penetra en la casa de cuya chimenea siempre sale un humo grisáceo. Sigo a la sombra, subo unas escaleras desde el vestíbulo y veo cómo aquel viejo prematuro paladea su taza de café con verdadera delectación. Era el mayor vicio que le quedaba a un hombre que había ido abandonando otros muchos a lo largo de su vida.

En cierta ocasión su médico le había dicho:

-"Dejad de tomar café. Considerad que es un veneno lento, pero veneno al fin".

A lo que Voltaire había respondido:

-"Es verdad que debe ser muy lento pues voy llegando a los 80 años tomando cinco tazas diarias y aún estoy aquí". Vivió 84 años.

Convencido de que su sobrina Mme. Denis tenía dotes de actriz, aun cuando ya no era joven ni bonita, ni en su vida había representado más que ciertos papeles que nada tenían que ver con el arte dramático, hizo que se estudiara el papel de la protagonista de su obra "Zaïra". Vinieron el día de la representación muchas de sus amistades y fué muy aplaudida. Un poco avergonzada exclamó la viuda:

"¡Muy amables, muy amables todos!...Pero este papel requiere una mujer joven y hermosa..."

-"¡Oh Señora...", replicó uno de los invitados que la elogiaban..."Usted acaba de demostrarnos lo contrario".

Voltaire ha eludido en sus escritos toda confidencia sobre sí mismo, quizás porque tenía mucho que ocultar lo que habrían sido armas poderosas en manos de sus enemigos. Muchas de las personas que son agresivas y críticas hacia los demás, que atacan constantemente, muchas veces se debe a que consideran que así llevan ventaja sobre quienes puedan atacarle a ellos. Sin embargo en alguna ocasión, Voltaire dijo que el notario Arouet no era realmente su verdadero padre sino un "chansonnier" llamado Rochebrune. Por eso se consideraba como un bastardo y quizás fué una de las razones de no usar nunca el nombre de Arouet sino el sobrenombre de "Voltaire". El hecho de que su infancia y juventud sean mal conocidos en un hombre que escribió tanto, no deja de llamar la atención. El siempre tendió un velo misterioso sobre muchos de los episodios de su vida que voluntariamente deseaba ocultar.

Vida que no fué precisamente muy "edificante". Las "Cartas de Alsacia" publicadas en 1938 han demostrado que fué cierta la "liaison" incestuosa con su sobrina, Mme. Denis a la que Pomeau califica de "pécora". Con ella vivió hasta su muerte y fué su amante toda la tercera parte de su vida. Se la identifica con la Cunegunda del "Candide" como Candide es el propio Voltaire.

La fortuna de Voltaire no disminuía, sino que los intereses se iban añadiendo al capital bien invertido en Suiza. Decidió comprar otras propiedades y especialmente en un lugar donde estuviese a caballo entre Francia y Suiza, como él decía, con un pie puesto en cada país. Así, si se le perseguía en uno, podía escapar fácilmente al otro. Un hombre como él debía tener varias madrigueras. Fué así como compró el Castillo de Ferney y el Señorío de Tournay en la región de Gex en plena frontera. Pasó diez años en "Las Delicias" desde donde trasladó su residencia a Ferney donde sus 140.000 libras de renta anual, le permitieron llevar una vida de príncipe, rodeado de criados y lacayos, visitado por lo más granado de la "intelligentzia" de toda Europa y aún de América.

No le gustaba la gente gorda ni vieja. El era flaco y huesudo y se tenía que rodear de gente delgada y juvenil. Los viejos no le gustaban porque decía que se veía reflejado en ellos.

Pronto se convirtió en el "Patriarca de Ferney", ayudando a los que no tenían medios, dotando a jóvenes casaderas, defendiendo a perseguidos y enemistándose por este motivo con algunas altas jerarquías y escandalizando a gobernantes y pastores evangélicos "por sus procacidades y perversas doctrinas".

A pesar de su avanzada edad y de su aspecto "cadavérico" como comprobaban los que le visitaban, se convirtió en el ídolo de moda de su tiempo.

Llegó a construir una iglesia junto a su castillo en la que hizo grabar una inscripción que decía: "Deo erexit Voltaire". Iba a misa los domingos acompañado por varios guardaespaldas.

Durante los años que permaneció en "Las Delicias", escribió sin cesar, cultivó sus jardines, dió representaciones teatrales y contribuyó con sus artículos a La Enciclopedia. Aquí le visitaron varias veces Adam Smith, D'Alembert que vivió con él cinco semanas y otros muchos escritores y hombres de ciencia de su tiempo. Fué por entonces cuando escribió su discutido artículo sobre Ginebra en el 7º volumen de La Enciclopedia, que le granjeó fuertes enemistades de las autoridades, en buena parte movidas por su enemigo J.J.Rousseau, ginebrino de nacimiento, que vió con muy malos ojos que Voltaire se instalase en su ciudad natal lo que le obligaba a compartir con su enemigo la gloria que creía reservada sólo para él.

Decido penetrar en el recinto donde vivió y trabajó Voltaire para ver si me es posible evocar algo del "zeitgheist" de su tiempo.

El año 1929, el Gobierno de la ciudad de Ginebra compró la finca de "Las Delicias" para conservar el recuerdo de Voltaire y en 1954 se inauguró oficialmente el Instituto y Museo Voltaire gracias a la iniciativa de Theodore Bethermann. Así se han podido conservar en este delicioso edificio muchos de los recuerdos del discutido escritor, más de 275 objetos relacionados con Voltaire, tales como cartas, primeras ediciones de sus obras, una Biblioteca de 20.000 volúmenes, periódicos de la época y cerca de 2.000 manuscritos del propio Voltaire. Esta Institución dedicada a la investigación de la vida del escritor, no hace mucho que publicó una obra monumental que recoge más de 10.000 cartas de Voltaire. Esta correspondencia es base fundamental para el conocimiento de su vida y de su pensamiento.

Pero lo que más impresiona es la "misse en scène" de la habitación donde escribía Voltaire. Los rayos del sol de este atardecer ginebrino iluminan una escribanía o mesa-escritorio sobre la cual la figura de cera de Voltaire se apoya para escribir en una actitud que impresiona al visitante. Sentado en un sillón, vestido con un traje de época que le perteneció, con su peluca, sostiene en la mano derecha una pluma de ave que apoya sobre el papel en actitud de meditar o escribir.

Da la sensación de que nos hemos trasladado a su tiempo.

De una de las paredes cuelga un cuadro. Es el retrato de Voltaire cuando tenía 44 años, pintado por Largillière. Frente al anterior, otro cuadro del filósofo, obra de Jean Huber. Sobre una consola el reloj suizo que utilizaba sigue marcando el tiempo. Para dar una pincelada femenina al conjunto, puede contemplarse un retrato de la Marquesa du Châtelet atribuído a Nattier, entre dos bustos del filósofo que le representan tal cual era en la etapa final de su vida y en una esquina de la habitación, la obra de más valor, una estatuilla de terracota, original de Houdon, que representa a Voltaire sentado y que es toda una obra de arte.

En unas vitrinas se exponen libros abiertos. Son algunas de sus obras más importantes. Entre ellas se exponen algunos de los objetos que le pertenecieron. El silencio de la estancia recoleta en esta zona aislada de Ginebra, sólo se ve interrumpido por el tictac del reloj de la consola y el crujido de la madera del piso cuando me desplazo de un lado a otro, casi de puntillas.

Durante un rato contemplo los rostros de Voltaire en las diversas etapas de su vida, y me parece encontrar un rasgo común que resalta en todos ellos y es la típica expresión de aquel a quien le falta toda la dentadura, iluminado por una sonrisa aviesa o irónica. El escritor ya decía en 1751: "La Bourdonnais a perdu ses dents à La Bastille et moi je perds les miens au Palais du Roi de Prusse". En 1752 insiste sobre este mismo tema que siempre fué motivo de preocupación para él: "Traje a Berlín una veintena de dientes y que me quedan sólo seis".

Cuando Pigalle quiso moldear su retrato, exclamó: "Los pocos dientes que tenía se fueron". Dice que guardaba uno para el abate Tenay, hombre de Estado de funesta memoria.

Según sus biógrafos parece que sufrió de escorbuto al menos éste fué el diagnóstico de la época, en 1754, lo que le desdentó. Quienes le conocieron por entonces confirman esta circunstancia. Guard en sus "Mélanges de Littérature" dice: "La forma de pronunciar de Voltaire era lenta y cortada a causa de haber perdido sus dientes. La falta de dientes le hizo cambiar su manera de hablar y pronunciar agudizando algunas de las peculiaridades de su ya difícil carácter.

Béchat en su edición de las "Oeuvres de Voltaire", cuenta que después de la exhumación del cadáver del sabio en 1791, un diente que le quedaba fué conservado por el oficial municipal Charron y el otro diente fué donado a Antoine F. Lemaire (pariente del dentista Lemaire), más tarde redactor del "Citoyen français". Este lo llevaba siempre consigo como un amuleto e incluso le había dedicado estos versos:

"Les prêtres ont causé tan de mal à la terre

que je garde contre eux une dent de Voltaire"

Sufría con frecuencia de febrículas y taquiarritmias. No tendría nada de extraño que fuese un fímico crónico arrestado que solían tener una larga vida y muy poca grasa.

Cuando ya se había trasladado de "Las Delicias" al Castillo de Ferney, hizo traer consigo a Lécluse, dentista que ejercía en Ginebra, no para su uso personal que ya no creía preciso sino "para prodigar sus cuidados a su sobrina, Mme. Denis" como escribe en una de sus cartas. Recuerda en uno de sus escritos cómo había sufrido también de la boca su antigua amante la Marquesa du Châtelet.

Lécluse, dentista y buen amigo de Voltaire había sido un antiguo actor de la Opera cómica de París, y desde entonces eran amigos. Voltaire lo alojó en Ferney, le alimentó y trató como a un hermano. Lécluse había sido también dentista del Rey de Polonia.

Otro de los temas médicos que preocupó mucho a Voltaire fuá la vacunación antivariólica. Ya en sus "Cartas filosóficas" (Carta nº XI) menciona cómo fué antigua costumbre entre los chinos en forma de inhalación y cómo el valor de la Reina de Inglaterra, permitió que se extendiera esta costumbre que salvó muchas vidas y muchos rostros.

El propio Voltaire había estado "a punto de morir a causa de la viruela" de la que se salvó, pero le quedó todo el rostro picado. Así que sin dientes, totalmente calvo y con el rostro picado de viruelas no era precisamente una persona atractiva. Tenía que compensar su fealdad con un espíritu indomable, sostenido a base de café y sarcasmos. El y su médico Tronchin trataron de propagar la técnica de la vacunación por toda Francia, pero la gloria de este impulso se la arrebató La Condamine quien en 1754 presentó en la Academia de Ciencias de París su "Mémoire sur l'inoculation" revisada y recogida por Fréron, uno de los más irreconciliables enemigos de Voltaire a quien siempre llamó "Frélon" (zángano) para molestarle. Voltaire odió cordialmente siempre a La Condamine y a Fréron por haberle arrebatado aquella gloria, él que estaba siempre ávido de gloria.

Otro de los dentistas de Voltaire fué Bourdet que había atendido a Luis XV y le dijo al examinar su boca que padecía de una enfermedad peligrosa.

El busto de Houdon que he contemplado en el estudio-museo de Voltaire, le representa muy bien, tal cual era, calvo y desdentado, los labios retraídos en un rictus de amargura, con su nariz alargada. Y aquella sonrisa, bien captada por el artista, que más parece una mueca sarcástica que revolotea sobre el rostro picado de viruelas, parece querer salirse de la figura.

No es pues de extrañar que su carácter fuese tan variable, saltando de lo irascible a lo triste, de lo apasionado a lo pensativo, de lo huraño a lo filántropo. Tenido por unos como un avaro sediento de amasar oro, sin embargo fué en múltiples ocasiones generoso hasta el extremo de exponer su fortuna en causas perdidas para ayudar a gentes perseguidas por la injusticia.

Amaba el dinero, el placer y el lujo. Fué un especulador. Jugó con el dinero, arriesgando su capital y tuvo varios desastres financieros, pero siempre se repuso de ellos obteniendo postriormente muchas más ganancias que le permitieron disponer de una renta anual de 140.000 libras. En los últimos años de su vida invirtió fuertes sumas en bienes inmuebles, de ahí sus propiedades de "Las Delicias" y "Ferney". Se ha dicho que Voltaire poseía dinero pero el dinero no le poseía a él.

Anticlerical rabioso, sin embargo habló siempre bien de sus maestros jesuítas que le enseñaron el camino de la Literatura y de la Historia y dió refugio en su casa al P. Adam a quien tuvo trece años consigo, hasta su muerte, como huésped en su casa de Ferney, cuando fué expulsado de Francia. Todos los días jugaba su partida de ajedrez con el anciano sacerdote que decía misa a diario en la iglesia construída por este "deísta" furibundo. Cuando iba ganando la partida el P. Adam, interrumpía el juego con cualquier pretexto, pero si ganaba él, había que seguir hasta el final. Decía del jesuía que aunque se llamaba Adam, no era precisamente el primer hombre y en otra ocasión exclamó: "Este Padre no ha inventado la pólvora, pero entiende muy bien la marcha del ajedrez".

Voltaire fué apóstol de la "religión natural", sin clero, sin tradición, con muy escasas ceremonias y sin sacramentos. Sin embargo era un creyente activo. Los grandes problemas metafísicos le inquietaron toda su vida: la existencia del mal, el libre albedrío, fueron sus obsesiones principales. Fué el apóstol de la tolerancia y en ello residió su popularidad.

La libertad fué para él el primero de los bienes. Pero, hombre de contradicciones, levantaba su voz contra la esclavitud, lo que no le impedía poseer un buen paquete de acciones de la "Compagnie des Indes" que se dedicaba a la trata de esclavos. Detestaba a los judíos, pero hacía negocios con ellos y decía que "no era necesario quemarlos".

Su fobia contra los religiosos se contradice también en sus decires: "Los conventos han sido asilos abiertos a todos los que querían huir de las opresiones de los Gobiernos godo y vándalo; fueron un consuelo para el género humano, conservando los pocos conocimientos que quedaron después de la decadencia de Roma". Aseguraba que "no había mayor sacrificio en la tierra que el que hace una joven religiosa al consagrarse al servicio de los pobres y los enfermos...no hay caridad tan generosa como ésta".

Y en uno de sus momentos de contemplación del cielo estrellado que veía desde la terraza de su castillo de Ferney, exclama: "Hay que ser ciego para no quedar boquiabierto contemplando la Naturaleza; hay que ser estúpido para no reconocer a su autor y hay que ser loco para no adorarlo".

Lo íntimo del sentir de Voltaire se revela en muchos de sus escritos. Como ejemplo bastará el siguiente. Escribió en cierta ocasión a una dama amiga suya: "Se dice que han hecho pedazos a un reverendo Padre jesuíta: ¡Bendito sea Dios!"

En cierta ocasión, una señora, Mme. Clairon fué a visitar a su ídolo en "Las Delicias" y arrebatada al verle, se puso de rotillas ante él. Voltaire, a pesar de los que le crujían los huesos, se arrodilló también frente a ella y le dijo: "Bueno, querida, y ahora que estamos ambos en tierra, ¿a qué jugamos?".

Otra historia muy buena que cuenta Maurois en su Biografía de Voltaire y que revela un poco del carácter del escritor, es su encuentro con el historiador inglés Gibbon que vivía en Lausana y mantenía correspondencia con él, aunque nunca se habían visto. Gibbon, ofendido por lo que de él había dicho Voltaire en cierto escrito, hizo una sátira en la cual le representaba como un hombre exaltado y turbulento. Voltaire no se calló y por su parte hizo una caricatura en la que Gibbon era representado como un enano con una gruesa panza, una enorme cabeza y una nariz deforme y se la envió a Lausana. Desde ese momento los dos suspendieron la correspondencia. Poco después Gibbon visitó al Dr. Tronchin, amigo común de ambos y le dijo: "Voltaire se burla de mí, quiero ir a buscarle a Ferney para que me diga en mi cara si soy tan feo como me representa". Tronchin a quien en el fondo divertía la infantil pelea, refirió a Voltaire las palabras de Gibbon. Dos días después, éste llegó al castillo de Ferney solicitando ver a Voltaire, quien al tener noticia de la visita no deseada, encargó a Mme. Denis que tuviese todas las atenciones posibles con el historiador inglés, diciéndole: "Es un hombre de gran mérito que yo estimo mucho pero conozco sus intenciones y no me verá". Y se retiró a su aposento, encerrándose en él.

Mme. Denis recibió al huésped, le atendió y le dijo que su tío no quería verle. Gibbon se sentó en una poltrona en medio del salón gritando: "¡No me iré de aquí sin verle!". Tuvieron que darle habitación y comida y así pasaron tres días y Voltaire sin salir de su cuarto. Mme. Denis hizo saber a Mr. Gibbon que su visita era enojosa para Voltaire y éste le mandó un billetito que decía: "Don Quichotte prennait les auberges pour châteaux, mais vous, vous prennez mon château pour une auberge".

Gibbon le envió otros versos y viendo que era inútil esperar, se fué. Pero aquellos días se había enterado por los criados de las costumbres de Voltaire, y trazó un plan. Un día fué a pie a Ferney y pidió ver el jumento que prefería Voltaire, prometiendo al cochero cierta suma si le llevaba al sitio por donde el escritor francés solía pasear. La estratagema surtió efecto y Gibbon se fué riendo y diciendo:

-"¡Adiós Voltaire, esta vez te he visto y no eres más hermoso que yo!".

Voltaire furioso regresó al castillo, fué a la Biblioteca y llamó a su secretario, el fiel Wagnière, que nunca le abandonó y le dijo:

-"Corre tras el inglés y dale 12 sueldos por haber visto una bestia!".

Y así lo hizo. Al recibir aquel dinero, Gibbon contestó:

-"Es justo. Aquí tenéis 24 sueldos. Decidle a vuestro señor que he pagado por dos bestias y que volveré mañana".

Al saber la respuesta, Voltaire exclamó:

-"Este diablo de inglés es más bribón que yo. Capaz le creo de pegarme un tiro. Más vale hacer las paces. Mañana le invito a pasar el día conmigo".

Al día siguiente le mandó una invitación por escrito y su coche en señal de homenaje. Gibbon aceptó como si nada hubiese ocurrido. Su anfitrión le recibió muy bien y le presentó a muchos huéspedes que había invitado para honrarle. Desde ese momento fueron dos buenos amigos. Ni una palabra se dijo de lo ocurrido.

La edad no hacía más que aumentar en él la necesidad de ser activo, así como el gusto por el trabajo, dice su biógrafo Maurois. No se cansaba de repetir: "Cuanto más avanzo en la carrera de la vida, más necesario encuentro el trabajo. A la larga llega a ser el mayor placer y substituye a todas las ilusiones que uno ha perdido".

Necesitaba estar en permanente actividad, andar sobre todo, para lo que le hacían falta grandes espacios.

En cierta ocasión, tres jóvenes damas fueron a visitarle y acercándose le besaron de todo corazón. Voltaire les rogó que se sentaran, diciendo: "Las Gracias, de pie hacen muy bien, sentadas aún mejor, y acostadas...¡dichoso quien pueda aún saberlo!". Probablemente recordaba aún con nostalgia su vida de libertino que tuvo que sublimar con los años, como se dice en las prescripciones médicas, "p.r.n.".

Se pasaba la vida quejándose de sus males. Escribía sin embargo: "Ni mi vejez ni mis enfermedades me desaniman. Aunque no hubiese roturado más que un campo y hecho crecer sólo 20 árboles, sería un bien imperecedero."

Sin duda se refugiaba en sus enfermedades y en su debilidad física, especialmente cuando llegaba una visita molesta. Entonces exclamaba para que le oyeran bien:

-"¡Pronto, que venga el Dr. Tronchin!"

Y dirigiéndose al visitante le decía con voz débil:

-"Amigo mío, estáis ante un moribundo. ¡Sólo me quedan algunos instantes de vida!".

Y en cuanto se iba la visita, saltaba con la ligereza de un niño y se ponía a arrancar alguna planta parásita que había visto desde la ventana en alguno de sus arriates.

Se pasaba la vida "muriéndose"...

Sainte-Beuve escribió de él en sus Memorias: "Esa salud de la que siempre se quejaba, esa complexión volteriana suficientemente robusta para resistir los trabajos mentales más activos y muy delicada para todo exceso físico, era para él un apoyo precioso del que sabía servirse a maravilla".

Voltaire representó siempre la comedia de la enfermedad. Sus primeras cartas fechadas en el Colegio, hablan ya de enfermedad.

Debió de padecer un trastorno endocrino desde temprana edad. En el mentón sólo tenía unos escasos pelos. No tenía necesidad de afeitarse. Otro de sus problemas es que no digería bien. Siempre se estuvo quejando del estómago y de la vejiga, afección esta última producida seguramente por un adenoma prostático que debió degenerar al final de su vida acabando con él.

Sufrió con frecuencia de accesos de melancolía. Su criado Longchamp describe en sus Memorias, una de sus crisis (10 de septiembre de 1748). Cuenta que Voltaire había abandonado París con fiebre. No pudo llegar a Luneville, deteniéndose en Chalons con los miembros paralizados, al parecer agonizante. Suplicó a su criado que no le abandonase ya que no quería morir en una posada. Longchamp le metió en la carroza, temiendo en todo momento que se le quedase muerto en los brazos. Perdió el conocimiento durante varias horas. Estos accesos le repitieron en varias ocasiones posteriormente, pero siempre se reponía de ellos.

Al acercarse el 24 de agosto, día del aniversario de la Noche de San Bartolomé, quedaba postrado y se metía en cama con fiebre.

Sufrió siempre de terrores nocturnos, de accesos de miedo que su médico el Dr. Tronchin conocía bien. Sin embargo hacía esfuerzos sobrehumanos para superarlos.

René Pomeau, uno de sus biógrafos y críticos, dice de él que "escribió agrias músicas para danzas macabras y que su carácter, aun cuando a veces parecía alegre, tenía siempre un fondo de acidez y siempre con un pie en la tumba y con el otro saltando".

Cuando la Señorita de Varicourt, de familia noble pero pobre, robusta y encantadora, llena de salud y energía, a quien había recogido en su casa dotándola para que pudiese casarse, le despertaba por las mañanas, Voltaire exclamaba:

-"¡Bon jour belle nature!" (la llamaba Belle et bonne), ella le contestaba:

-"¡Bon jour mi dios tutelar!" y se echaba a su cuello besándole cariñosamente.

Entonces el viejo desdentado exclamaba:

-"¡Oh, esto es la Vida abrazando a la Muerte!"

Cuando Pigalle quiso modelar su cara, le dijo:

"Pero, ¡caramba! si no tengo cara, si sólo se adivina su sitio. Mis ojos están hundidos tres pulgadas, mis mejillas son viejos pergaminos mal adaptados a huesos que no tienen nada que sostener; los pocos dientes que tenía se han caído. Nunca se ha esculpido a un pobre en este estado".

Pero seguía escribiendo días y a veces noches enteras, aunque luego se sentía agotado.

Alguien al verle tan pálido y tan flaco, dijo al marcharse: "Tal vez está ya muerto y se ha olvidado de hacerse enterrar".

Por las noches le encantaba dar sesiones de linterna mágica.

Su otra sobrina, la Señora de Fontaine era muy amante de la pintura y llenó el castillo de Ferney de desnudos de varios autores de la época "para reanimar la vejez de mi tío" segun decía. A Voltaire le agradaba la contemplación de aquellos gloriosos cuerpos femeninos que le recordaban mejores tiempos. Por eso no quería gente vieja a su alrededor, sino sólo gente joven porque algo se pega de ellos. Solía decir: "¡Ay, es tan breve el tiempo!".

En otra ocasión escribía: "Hay que dar al alma todas las formas posibles; es un fuego sagrado que Dios nos ha confiado y debemos alimentarlo con los más precioso que podamos encontrar. Es necesario hacer entrar en nuestro ser todas las formas imaginables, abrir las puertas del alma a todas las ciencias y a todos los sentimientos. Con tal de que no penetren desordenadamente, hay sitio para todos".

Cuando al final de su vida regresa a su amado París tras un largo exilio, este "titán del deismo" como se le ha llamado, era para recibir la apoteosis final, el saludo de nobles y plebeyos, hombres de ciencia y literatos. Pero el cáncer de próstata diagnosticado por el Dr. Tronchin que había ido minando aquella vida tan prolífica,lenta pero inexorablemente y las emociones de aquellos días, acabaron con él.

Sin embargo, aún tuvo tiempo Benjamín Franklin de ir a verle y llevar a su nieto ante el ídolo para que le bendijese el apóstol de la libertad, el hombre que había dicho: "Cuando dos hombres discuten sin poder entenderse jamás, estad seguros que tratan de Metafísica" y "si quieres que tus hijos se odien uno al otro, acaricia a uno más que a otro; la prescripción es infalible".

Ese mismo hombre había dicho: "¿Queréis tener buenas leyes? Quemad las vuestras y haced otra nuevas". Proponía hacer tabla rasa del pasado y crear una "civilización ilustrada" Y lo curioso es que Voltaire no era "demócrata". Su aversión hacia el pueblo es bien conocida, según cuentan sus biógrafos. Le llamaba "la canalla", precisamente él que procedía de capas bajas de la sociedad de su tiempo. Defiende las monarquías absolutas como la de Enrique IV, Pedro I y Catalina II de Rusia y omite hablar de los crímenes de estos monarcas. Afirma que "el espíritu de una nación reside siempre en la minoría que hace trabajar a la mayoría y es alimentado por ésta y la gobierna". Decía que defendía a la Monarquía porque "un Estado dividido fué siempre un Estado desgraciado". Sólo alaba a las Repúblicas como Atenas y Ginebra, sistema que sólo conviene "a países muy pequeños o pueblos primitivos". Fué un jacobino "avant la lettre" y aún reconociendo que la igualdad es natural en el hombre, dice que "la desigualdad es indispensable para el orden social".

Su obra sin embargo, difundió un estado de espíritu revolucionario que se extendió como una mancha de aceite por todas partes.

El 31 de mayo de 1778, en vísperas de la Revolución francesa de la que fué uno de los precursores, a los 84 años, se extinguía aquella vela de la que sólo quedaba el pabilo. Como no se reconcilió con la Iglesia, el párroco de San Sulpicio le negó la sepultura eclesiástica, pero su sobrino el abate Mignot, titular de la Abadía de Scellières en Champagne, le inhumó en la Abadía.

En 1791 fueron exhumados sus restos y trasladados al Panteón de Hombres ilustres de París en medio de un enorme entusiasmo popular. Era el paseo póstumo de uno de los más notables precursores de la Revolución francesa y de uno de los más conspicuos representantes de la Ilustración.

Bibliografia Temática. Voltaire 


Museo de Antropología Médico-Forense Paleopatología y Criminalística
PROFESOR JOSÉ MANUEL REVERTE COMA