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En busca de lugares históricos
que tuvieron relación con los más famosos crímenes
del s. XVIII en Sicilia y aún del s. XVII, caminaba un atardecer
poco antes de la puesta de sol por la antigua calle de Toledo (hoy Corso
Vittorio Emanuele) de la ciudad de Palermo, cuando avisté los lugares
que buscaba, la Plaza de Villena o de los Cuatro Cantos y la Plaza de
la Marina. La primera con su curiosa forma octogonal que le ha dado el
nombre, se debe a la reforma urbanística española llevada
a cabo por la iniciativa de D. Pedro de Toledo, Virrey de Sicilia, el
año 1608. Los edificios que dan forma a la plaza entremezclan estilos
dórico, jónico y compuesto con los que se combinan armónicamente
balcones y ventanales, tímpanos y fastuosos áticos, presididos
por las cuatro estaciones del año, las estatuas de cuarto reyes
españoles, Carlos V, Felipe II, Felipe III y Felipe IV y cuatro
santas protectoras de Sicilia: Sta. Oliva, Sta. Ágata, Sta. Cristina
y Santa Ninfa.
En cuanto a la plaza de
la Marina está en el extremo de la calle de Toledo junto al mar
en terrenos ganados al Mediterráneo y precedió en el tiempo
a la de Villena. Ambas son lugares como decían en lengua siciliana
de "festa, farine e forca", porque sirvieron para los más variados
usos, desde torneos y corridas de toros, mercados y fiestas, hasta incluso
ejecuciones de criminales.
Así situado en estas
encrucijadas históricas, intentaba trasladarme al año 1633
y revivir las escenas que aquí tuvieron lugar.
Las envenenadoras de
Sicilia fueron muy famosas, tristemente famosas, pero entre todas
llevóse la palma Teofania dAdamo, la "Gnura Tufana" o Tofana,
nombre que después sería aplicado a otras envenenadoras.
La primera Tofana, de la que aquí hablamos, fue ejecutada en Palermo
en 1633, la segunda murió tranquilamente según se dice en
Roma en 1651 y la tercera se retiró a un convento en Roma, desde
donde salió para el patíbulo el año 1780.
Aquellas Tofanas, que dieron
nombre al veneno, utilizaban un compuesto de jugos de hierbas que no dejaban
huella en sus víctimas, matándolas sin que los médicos
pudiesen conocer la naturaleza del mal. Su clientela estaba compuesta
por mujeres generalmente, que querían deshacerse de sus maridos,
o por personas que tenían prisa en heredar y recurrían a
la Siñora Tufana para que les ayudase a enviar al otro mundo al
familiar que se lo impedía. Todos los odios e iniquidades más
repugnantes frecuentaban la casa de aquella mujer de Palermo, émula
de Locusta.
La inventora de aquel "agua
Tofana" les vendía su invento en pomitos, sin el menor átomo
de piedad o remordimiento. No se sabe con certeza cuánto duró
aquello a pesar de que han llegado hasta nuestros días los documentos
del proceso que se abrió al ser descubierta, pero lo cierto es
que hubiese sido mucho más prolongado de no haber mediado una circunstancia
accidental que vino a destapar el macabro negocio.
En cierta ocasión,
una mujer de Palermo quiso envenenar a su marido para poder escapar con
su amante y así obtuvo de Tofana el agua mortal, que por ser insípida
e incolora mezcló con la ensalada. Pero el marido sin saber lo
que se fraguaba contra él, en un momento que la esposa salió
a la cocina, le cambió por broma el plato por el suyo. El caso
es que la mujer se comió la ensalada envenenada. Aquello produjo
un efecto no esperado. Al verse morir y al saber por el marido el cambio
de las ensaladas, confesó su culpa, contando cómo y quién
le había proporcionado el veneno.
La vieja Tofana fue detenida
y sometida a un estrecho interrogatorio. El jefe de policía le
preguntó si aquella receta de veneno se la había dado Francesca
La Sarda, otra famosa envenenadora ejecutada años antes, a lo que
la vieja contestó con desprecio:
"La Sarda no sabía
nada. El agua que vendía ella era la que yo preparé. Yo
fui su maestra".
La Tofana fue condenada
a muerte, sin atenuantes de ninguna clase, pero antes reveló los
nombres de sus cómplices y los de quienes le habían comprado
veneno, los "pomos del acquetta".
La noticia de que la
sentencia se iba a cumplir aquella tarde del 12 de julio de 1633 en
la Plaza Marina, atrajo a una enorme multitud.
Todos querían conocer
a la mujer y presenciar los últimos momentos de aquel monstruo
del mal.
Eran las 20,30 cuando el
carro circundado de guardias salió de la puerta de la Vicaría.
Tuvieron que ir abriendo paso a golpes de mosquete entre el populacho.
Tofana iba sentada en un banquillo con manos y pies bien atados al banco.
Abría y cerraba la boca, mirando sin ver por encima de aquel mar
de cabezas que la rodeaba. Por fin sus ojos se dirigieron a la horca que
se alzaba en medio de la plaza sobre la marea humana. Al pie del cadalso
estaba el verdugo que calentaba unas grandes tenazas al rojo en un brasero,
cuya llama alimentaba un ayudante con un pequeño fuelle.
Apenas el carro pasó
de la calle Porto Salvo a la de Toledo, el verdugo levantó las
tenazas al rojo vivo y acercándose a la vieja las probó
en su carne, arrancándole un pellizco de los músculos del
brazo. Un horrendo grito salió de la boca de la miserable que se
contrajo tratando de soltarse de sus cuerdas. El verdugo volvió
a colocar las tenazas en el fuego.
El carro infamante dio
la vuelta a la plaza durante cuyo trayecto el verdugo repitió el
terrible suplicio que difundía por el aire un nauseabundo olor
a carne quemada. A la tercera pasada, la impresión es que ya atormentaba
a un cadáver. La vieja Tofana no daba signos de vida. Su cuerpo
torturado fue liberado de las cuerdas que la sujetaban. Había terminado
la primera parte del suplicio.
El cuerpo ensangrentado
de la condenada fue transportada a la plataforma de la horca. Una escalera
apoyaba sobre la parte superior desde la que el verdugo y sus ayudantes
izaron el cuerpo poniéndole el lazo al cuello. Cuando estuvo el
cuerpo de la mujer en lo alto de la escalera, la dejaron caer desde arriba,
oyéndose un crujido de huesos rotos. Allá quedó balanceándose
en el aire con la cabeza caída a un lado.
Se escuchó un
murmullo de horror entre la masa humana que presenciaba la escena.
Había terminado la segunda parte del suplicio que no era la última.
Era grotesco ver aquel cuerpo que parecía un muñeco de trapo
colgando como un péndulo de la siniestra silueta de la horca acariciado
por los últimos rayos del sol.
Permaneció toda
la noche en la horca. La gente se fue desperdigando por las calles adyacentes
después de desfilar ante el cadalso. Por la mañana aparecieron
más curiosos para ver la última parte de la ejecución.
Bajaron los verdugos el cuerpo, no para ser enterrado sino para descuartizarlo,
cosa que hicieron con habilidad de expertos matarifes. Cada parte, separada,
fue llevada lejos de la ciudad a lugares abandonados para que fuese pasto
de las alimañas. Así pagó Tofania dAdamo sus
delitos. Pero aun después de muerta siguió haciendo daño
pues alguien había aprendido la fórmula y el agua Tofana
salió de Sicilia, instalándose en Nápoles donde se
la conocería como "acqua di Napoli".
Algunos autores como Rodríguez
Solís, apuntan el hecho de que Tofanna o La Toffarina, era una
mujer de Palermo, dama de alta clase social, que comenzó a expender
en Nápoles unas redomitas con la efigie de San Nicolás de
Bari, razón por la cual fue llamada "Acqua de San Nicolás
di Bari", además de "acqua Toffanaª, ´acqua di napoliª
o simplemente el ´acquettaª. En otros lugares se llamó
´acqua di Perugia" o "manna di Santo Nicola di Bari".
Los usos fueron los mismos
que en Palermo. Fue utilizada por mujeres cansadas de sus maridos y se
produjo tal escándalo que la Segunda Toffana fue encerrada en la
cárcel por toda la vida, si bien otros aseguran que para librarse
de la Justicia se retiró a un convento donde vivió en el
mayor secreto y hubiese muerto en paz si la justicia y la tortura a que
fue sometida no hubiesen turbado su quietud. Después de confesar
sus crímenes acabó siendo estrangulada. Otra siciliana,
Jerónima Spada o Scala a la que menciona Pedro Mata en su "Medicina
Legal", se puso al parecer a la cabeza de una asociación de envenenadoras
que acabaron como ella por subir al patíbulo. Había obtenido
su secreto de su compatriota siciliana y de allí lo llevó
a Roma, donde una de sus clientes, después de envenenar a su marido,
arrepentida de su maldad, descubrió el secreto y la Spada fue presa
y ahorcada.
Más tarde el italiano
Exili que entendía algo de química y el boticario alemán
Glazer, arruinados por sus experimentos en busca de la piedra filosofal,
conocieron el secreto, analizando el veneno y lo llevaron a París.
Sería la base que usaron envenenadoras tan famosas como La Voisin
y Mme. de Brinvilliers (ver REVERTE, J. M. El Médico,339, 17-23
nov. 1989. 60-64) o Sainte-Croix para realizar sus crímenes. Todo
ello despertaría las sospechas de la justicia y Exili y Glazer
serían encerrados en la Bastilla y la Voisin y la Brinvilliers
serían ajusticiadas.
Pero ¿cuál
era la composición del agua Tofana? Mucho se ha discutido este
tema. Según los cronistas se trataba de un líquido transparente
cristalino, insípido e inodoro. Bastaba suministrar 5 ó
6 gotas a un individuo para que minasen lentamente su salud, haciendo
desaparecer el apetito, produciéndole una sed abrasadora acompañada
de abatimiento, tedium vitae, depresión profunda y consunción
lenta e inexorable.
Estos síntomas variaban
según las dosis empleadas. La muerte se atribuía a una dolencia
ordinaria y si se presentaba una enfermedad intercurrente, cosa frecuente,
aceleraba el desenlace. Se ha dicho que las víctimas producidas
por el agua Tofana fueron más que las producidas por la peste.
Los mismos cronistas como GARELLI, médico de Carlos VI de Austria,
señalan que su composición base era el ácido arsenioso
o arsénico, que se mezclaba con el extracto de una o varias plantas,
entre las que se han señalado la cimbalaria (Antirrhinum cymbalaria).
Otros creen que se le añadía también sublimado corrosivo
para reforzar su efecto y cantáridas. Probablemente la fórmula
original llegada de Sicilia fue alterada por los distintos envenenadores
según sus malas artes se lo indicaban, con el fin de no fallar.
Otra fórmula de
agua Tofana era fabricada a partir de una hierba común y fácil
de obtener y tenía un aspecto bien inocente, como un líquido
transparente del que nadie desconfiaba. Seguramente fue ésta la
fórmula original.
Unos y otros insisten en
que en esta fórmula entraban la hierba de campanario o cimbalaria
(Limaria cymbalaria) planta de la familia de las Escrofulariáceas,
que se cría en muros y rocas, en lugares sombríos. Dice
Font Quer que es oriunda de Italia, pero también se encuentra en
España. Contiene ácido tartárico, ácido tánico
y antirrínico y una materia amarga, la cimbalaria. Se usó
en Italia como purgante, como antiescorbútica y aun tónica
y diurética, administrándola en conocimientos o infusión
de sus flores. Pero destilada de alguna forma especial, puede adquirir
propiedades tóxicas como le pasa a otras muchas plantas. Tal es
el caso de otra variedad de cimbalaria (Antirrhinum major) o dragón,
también de la familia de las Escrofulariáceas que también
se cría en muros húmedos y laderas rocosas. Es más
probable que las envenenadoras utilizasen esta última hierba que
es rica en glucósidos variando según el color que presente,
como la luteolina, o apigenina, flavonas, antocianinas y antirrina. Se
usó según Font Quer como emoliente en cataplasmas sobre
los tumores, pero sin duda concentrando una cocción de esta planta,
puede obtenerse tal cantidad de glucósidos que puede ser mortal
su ingestión. Las Escrofulariáceas no producen alcaloides
o lo hacen en muy pequeñas cantidades, pero en cambio producen
gran variedad de glucósidos y saponinas que son su base tóxica.
En "Las Causas Célebres"
(ed. de 1739, t. I, p. 468) se describe así el "agua Tofana": "Era
un agua clara, como agua de roca... que no tenía otro gusto que
sabor a agua. Por ello no se podía desconfiar. Este veneno atacaba
al pecho, produciendo una fluxión incurable. Los que morían
así envenenados, pasaban por sufrir una fluxión de pecho".
BEHRENS y HANEMANN,
por su parte señalan que el ácido arsenioso diluido
con extracto de ciertas plantas venenosas, que tal era según ellos,
el agua Tofana, a razón de 6 a 7 gotas por día, producía
"un malestar general indefinible, que se agravaba progresivamente, produciendo
repugnancia por los alimentos. Las personas caían en un estado
de languidez y sucumbían después de haber languidecido por
varios meses y aun años..."
GALTIER ("Toxicologie
médico-légale", p. 391) habla de la envenenadora
italiana la Scala, y dice que fue una famosa criminal que logró
reunir a 150 mujeres decididas a eliminar a sus maridos débiles
o de avanzada edad. Es la misma que menciona Pedro Mata. Parece que también
utilizó la fórmula clásica del agua Tofana para sus
crímenes. Lo cierto es que a finales del s. XVIII el agua Tofana
o "acqueta" era aún muy buscada y que los químicos y boticarios
italianos conocían lo peligroso de su uso y muchos conocían
su fórmula.
STENDAHL en sus "Promenades
dans Rome" (1828) dice que "el agua Tofana existía todavía
hace 40 años en el tiempo en que la célebre princesa Giustiniani
estuvo a punto de ser la víctima de ella". El agua Tofana podía
mezclarse con el café o el chocolate sin perder fuerza. En cambio
el vino la neutralizaba por lo que se consideraba el antídoto por
excelencia contra el tóxico.
Otra envenenadora de esta
serie fue la tristemente famosa "vieja del aceto" o "vieja del vinagre",
Giovanna o Anna Bonanno, que vivió en Palermo en el s. XVIII. Cuando
su fama se extendió por el mundo, contaba 75 años. Sus confesiones
en el tormento la llevaron a ocupar uno de los primeros puestos en la
criminalidad de la isla de Sicilia de su tiempo. La describen sus contemporáneos
como una "vieja arrugada, seca como una ciruela pasa, con ojos de halcón,
agudos y diabólicos". Vivía en una repulsiva casucha de
la calle del Noviciado de Palermo y se dedicaba desde hacía muchos
años a la mendicidad. La gente de la ciudad le atribuía
fama de hechicera.
Cuenta Salomé Marina
en "Historia y Leyendas de Sicilia" que muchas mujeres recurrían
a ella para obtener algún filtro con el que pudieran dar muerte
a algún familiar molesto o a un esposo odiado, traidor o mucho
más viejo que ellas del que querían desprenderse para unirse
a otro más joven que pudiera satisfacer sus ansias eróticas.
Las peticiones fueron tan insistentes, que la vieja que no carecía
de ingenio, encontró la solución con ocasión de que
la hija de una vecina, bebió accidentalmente de cierto "vinagre"
que tenían en la casa para curar los piojos, teniéndola
a la muerte en medio de terribles vómitos.
El tal "vinagre" lo preparaba
un boticario llamado Saverio La Monaca, como fórmula secreta para
eliminar los insectos de la cabeza por medio de aplicaciones locales.
La Botica estaba en la vía Gioiamia cerca del Papireto de Palermo.
He recorrido desde la plaza
de San Cosme y San Damián la vía Gioiamia que aún
existe y el Papireto. Antiguamente se extendía por una depresión
del terreno bajo el muro occidental de la vieja ciudad de Palermo. Hoy
ya no se ve aquella depresión que con los años fue rellenada
y construida, pero en su tiempo era una sórdida zona de Palermo
con una fétida laguna de aguas retenidas, productoras de enormes
nubes de mosquitos que transmitían diversas enfermedades entre
las que la malaria era la más frecuente. Como en la laguna aquella
crecían tallos de plantas del papiro como en Egipto, recibió
la zona el nombre de El Papireto.
En la época que
vivió la vieja Bonanna, la reforma urbanística española
acabó con el antiguo foco palúdico, pero le quedó
el nombre, abriéndose en la primera mitad del ochocientos la actual
y amplia vía del Papireto. Por allí se instala actualmente
el Rastro o "Mercado de pulgas". Aún pueden verse edificios de
estilo Renacimiento plateresco español como el Palacio de Ljermo
que ya existía en tiempos de la Bonanno, así como el retiro
de las Hijas de la Caridad, que era uno de los hospitales de la época,
la Puerta de Osuna, la Iglesia de la Anunciata y el bastión de
muralla del Papireto cerca del cual se encuentra el más extenso
cementerio paleocristiano de Palermo, las catacumbas de los capuchinos
sobre el que escribimos un artículo anterior (ver REVERTE, J. M.
El Médico, 372, de 8 a 14 de sept. 1990). Buscar la antigua Botica
de Lico Saverio La Monica fue vano empeño. Hay farmacias modernas
pero nadie recuerda ni aquella farmacia ni el nombre de su dueño.
Haciendo estas preguntas da el viajero la impresión de venir de
otro planeta, de otra dimensión o de otros tiempos. Pero ahí
está el Papireto y la Vía Gioiamia y aquí vivieron
los personajes de uno de los dramas más sórdidos del siglo
XVIII. Lo demás podemos imaginarlo.
La composición del
insecticida preparado por el Boticario La Monaca era simplemente una fórmula
compuesta de: una libra de agua común, 3 onzas de vino blanco generoso
y un gramo de arsénico blanco, cristalino. El boticario hervía
esta mezcla cierto tiempo, dejaba enfriar y la expendía en frascos
que los vecinos compraban para los molestos parásitos.
La vieja Bonanno, después
del accidente de la hija de su vecina, decidió hacer la experiencia
con aquel líquido con objeto de lucrarse. Compró al boticario
uno de aquellos frascos y administró parte de su contenido a un
perro. El resultado fue óptimo. El perro no tardó en morir
después de unos cuantos vómitos.
Para no despertar sospechas,
pidió a dos comadres amigas suyas que le compraran en la botica
un par de botellas de aquel "vinagre". Eran las tales comadres, sus cómplices,
Rosa Billotta de Palermo y María Pitarra de Carini, de 50 y 41
años respectivamente. Compró también unos pomitos
de cristal, vacíos, que le resultaron muy baratos y a los que trasvasó
el veneno. Luego comenzó a reclutar clientes, compartiendo sus
ganancias con sus cómplices. El primer cliente fue una vecina llamada
Ángela La Fata que quería deshacerse de su marido. La vieja
bruja le proporcionó un pomo, cuyo contenido fue administrándole
La Fata a su marido, mezclado con la comida. Pero al parecer éste
era más fuerte de lo previsto y soportaba la enfermedad que se
le produjo. Hubo que administrarle otros dos pomos del veneno, hasta que
la dejó viuda. Así comenzó la serie de crímenes
de Giovanna Bonanno que continuaron por dos años consecutivos,
con un éxito insospechado.
Hasta que un día
tuvo lugar la muerte de un tal Francesco Costanzo el primero de agosto
de 1788. El médico que le había asistido, el Sr. Giuseppe
Cicefalo, observó el rápido proceso de la enfermedad caracterizada
por vómitos, espasmos y dolores de estómago y ardor en los
intestinos que el buen médico fue incapaz de aliviar con sus medicamentos.
Aquello lo encontró inexplicable y lo mismo la misteriosa muerte
que siguió a la enfermedad, comenzando a sospechar que una mano
criminal había intervenido en aquel caso. Sospechó inmediatamente
de la mujer del difunto, mucho más joven que él a quien
había visto en pláticas muy sospechosas con el joven jardinero
Emanuele Cascino. El galeno decidió actuar sigilosamente. Para
ello, aprovechó la amistad con otra paciente vecina del difunto,
Giovanna Lombardo, astuta e inteligente, que se puso en acción
como si fuese un detective. Después de muchas averiguaciones, pudo
enterrase de dónde salían los pomos del aceto.
Acompañada del médico,
fueron el día 8 de octubre de 1788, según refiere el legajo
de la causa criminal, a denunciar sus sospechas al capitán de la
policía que les tomó declaración que aún se
conserva en el voluminoso expediente.
Para coger in fraganti
a la envenenadora, fue la Sra. Lombardo a su casa pidiéndole
un remedio para quitar de en medio a un familiar que le estorbaba, consiguiendo
un pomo de la vieja Bonanno que no sospechó nada. Con aquella prueba,
el jefe de la policía, detuvo a la envenenadora, que sometida a
los tormentos propios de la época, confesó toda la serie
ya larga de sus delitos, el nombre de sus cómplices y cómo
obtenía el veneno. Más de 50 personas fueron detenidas,
entre ellas el boticario Saverio La Monica.
La Gaceta de Italia, periódico
de la época, se ocupó extensamente del caso de Giovanna
Bonanno, a la que llamó "la vecchia del aceto" (la vieja del vinagre)
sobrenombre que aún recuerda toda Sicilia. Durante el proceso,
Giovanna explicaba a sus jueces con cara compungida que "todo lo hacía
por caridad al prójimo". Contó que mezclaba el aceto con
el jugo de ciertas hierbas (aquí tenemos otra vez el agua Tofana).
Por su parte, el boticario La Monaca, explicaba que él vendía
los polvos arsenicales, efectivamente, pero con licencia del Colegio de
Farmacéuticos, pero no para matar a la gente, sino para limpiar
la cabeza de los niños de aquellos insistentes piojos tan frecuentes
en la infancia. Él no tenía culpa de que una bruja los utilizase
para matar. También se vendían cuchillos y tijeras y martillos
en otros comercios y no detenían ni juzgaban a sus dueños,
sino a quienes los compraban no con fines de trabajo sino para matar a
otras personas.
El proceso criminal duró
varios meses, de octubre de 1788 a junio de 1789, bajo la severa mirada
del juez D. Gioacchino Firanda quien sin contemplaciones, el 30 de abril
de 1789, dictó las sentencias de cada caso. Comprobada la buena
fe del inventor del "vinagre para piojos", fue absuelto, pero la vieja
Giovanna Bonnano fue condenada a muerte "suspendatur in furcis altioribus
donec ejus anima a corpore separetur". Los demás acusados sufrieron
penas de 20 años de cárcel o más. La Corte Criminal
confirmó la sentencia. La ejecución tuvo lugar el jueves
30 de julio de 1789, precisamente en el centro de la plaza del Conde de
Villena que por entonces era el nuevo centro de Palermo, más conocida
como la plaza de los Cuatro Cantos, por su figura octogonal.
La horca se alzaba en el
centro de la plaza para que pudiera verla bien la multitud que se agolpaba
a lo largo de la calle de Toledo y la de Maqueda. Las ventanas y balcones
de las casas aparecían abarrotadas de gente ávida de no
perderse el macabro espectáculo. Pronto apareció a la hora
prevista una procesión precedida por un estandarte rojo en el que
se podía leer en grandes letras: "Discite justiciam populi". Detrás
marchaba una escuadra de soldados a caballo con los uniformes rojos de
la Compañía Real. Detrás de ellos los alguaciles
o Heraldos de la Corte de Justicia vestidos de negro, con grandes bastones
de ébano. Iban éstos seguidos por una doble fila de caballeros
a pie envueltos en túnicas blancas, encapuchados. Era la llamada
Compañía de los Blancos, institución filantrópica
cuya misión era acompañar a los reos de muerte hasta el
cadalso para confortares en sus últimos momentos. Sin embargo,
todos los ojos se volvían hacia una mujer vieja con un trapo en
la cabeza "más fea que un demonio" como se dice en el relato de
la época, que cabalgaba sobre una mula tirada por el verdugo. A
su lado dos de los Caballeros Blancos cumplían su misión
rezándole los oficios, pero la vieja, desdeñosa, no les
hacía el menor caso. Detrás de ella marchaba su cómplice
La Pitarra. Unos cuantos soldados de a pie cerraban la marcha y detrás
seguía el populacho vociferante.
Al llegar a la plaza de
Villena, un ayudante depositó al pie de la horca el grueso volumen
de papeles, el legajo que contenía todo el proceso y las pruebas
de los testigos, junto con dos pomos con el veneno infernal, la nueva
agua Tofana. La vieja Bonanno fue descendida de la mula y llevada hasta
el pie de la horca, donde el auditor fiscal leyó la sentencia comiéndose
las palabras para ir más deprisa. La campana de los agonizantes
sonaba lentamente, sin cesar en su fúnebre sonido, que dominaba
apenas el rumor de la multitud que parecía subir y bajar como ondas.
Cuando la condenada vio
que le colocaban al cuello el lazo fatal, alzó los puños
y la vista con gesto amenazador y dando un terrible grito, hizo un desesperado
intento para librarse de la cuerda, no consiguiendo más que apretarla
más, agitándose como una poseída por la furia del
infierno. Con dificultad, los ayudantes del verdugo, dos fuertes mocetones,
la sujetaron y la izaron subiendo la escalera que se apoyaba sobre el
travesaño de la horca.
Amarró el verdugo
la cuerda convenientemente poniendo los pies sobre los hombros de la condenada
para sujetarla, y quitando la escalera, sonó el tirón de
la cuerda y quedó la furia pataleando en el aire durante unos instantes
hasta que detenidas sus convulsiones, quedó con la cabeza ladeada,
la lengua negra fuera de la boca como medio palmo, los ojos fuera de las
órbitas y el cuerpo balanceándose en el aire como un pelele.
De la muchedumbre que había presenciado en silencio la terrible
escena, ascendió un murmullo de horror viendo el fin de la Giovanna
Bonanno, la "vecchia del aceto". La Pitarra, con el cabestro y la tabla
al cuello, fue obligada a presenciar el suplicio de su maestra en las
malas artes. Después sería llevada a la Casa Penitenciaria,
donde debía permanecer encerrada el resto de su vida.
El marqués de Villabianca
que vivió en aquel tiempo, ha dejado un precioso manuscrito relatando
toda la historia con mucho detalle.
El Gobierno de la Isla
de Sicilia dio permiso a algunos artistas para retratar la espantosa efigie.
Unos la reprodujeron en arcilla, en forma de busto que se conserva en
el Museo Nacional y dos pintores hicieron sendos retratos que se conservan
en el Diario de Villabianca, uno de ellos obra de Bartolomeo Pollini hecho
por encargo del milanés Carlo Gatti.
Villabianca refiere que
los autores de la comedia pública, pusieron en escena en la Plaza
Marina de Porta Felice que citamos al principio, una obra teatral que
con el título de "La Vecchia del aceto" se estrenó el 9
de septiembre de aquel mismo año de 1789. Luego como todo lo relativo
al agua Tofana y las envenenadoras de Sicilia, Nápoles, Roma y
Perugia, cayó en manos de la leyenda que aún se conserva
y lo cuenta como algo notable que tuvo su origen en Sicilia.
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Museo
de Antropología Médico-Forense Paleopatología
y Criminalística
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PROFESOR
JOSÉ MANUEL REVERTE COMA
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