LOS CEMENTERIOS

Los Hebreos, Griegos y Romanos de los que se compuso en sus principios la Iglesia Católica, estaban obligados por los dogmas de sus religiones y por las leyes civiles a enterrar los cadáveres en necrópolis fuera de las ciudades. Los egipcios también enterraban a sus muertos fuera de las ciudades. Tales fueron las necrópolis emplazadas junto a los desiertos de Tebas y Menfis en Egipto, El Llano de las Momias (de 12 Km2), la serie de tumbas excavadas en la roca en Cirenaica, las de Etruria y Campania hechas de roca o tierra, la Vía Sagrada de Atenas bordeada de monumentos funerarios, la calle de las tumbas de Pompeya, los pudrideros o puticuli y culinae construídos extramuros, los columbarios, destinados a depósito de las cenizas de los funcionarios del Estado, las pirámides y las mastabas de los faraones y altos dignatarios del antiguo Egipto.

Los cementerios fueron instituciones cristianas. Los dos primeros entierros que mencionan los Hechos de los Apóstoles fueron los de Ananías y Sáfira su mujer, que expiraron a los pies de San Pedro. Por el contexto de San Lucas, atendiendo a las tres horas que tardaron en volver los que habían llevado a enterrar a Ananías, se deduce que fueron sepultados fuera de Jerusalen conforme a la práctica de los judíos. Del mismo contexto de S. Lucas se infiere también que el cuerpo del protomártir San Esteban, se enterró fuera de la ciudad, acaso en el mismo lugar de su martirio.

Antes tenemos noticia de los enterramientos de Abraham, Sara, Lázaro y del propio Jesús, en sepulcros con una roca o piedra que tapaba la cavidad donde se colocaba el cuerpo, según la costumbre judía.

San Jerónimo dice que San Pedro fué enterrado en la Vía Triunfal, del otro lado del río Tíber y San Pablo en la Vía Ostiense a 3 millas de Roma. Adon refiere que el cuerpo de San Lorenzo, diácono, martirizado el año 258, fué enterrado por Justino y el de Hipólito en la Vía Tiburtina, en el campo Veranio. En la Vía Mapaliense, fuera de Cartago, se enterró el cuerpo de San Cipriano, obispo de aquella ciudad, como consta en las actas de su martirio, publicadas por RUINART.

Durante las persecuciones que padecieron los cristianos bajo el Imperio Romano, aumentó prodigiosamente el número de los mártires y siempre había una multitud de cadáveres insepultos, expuestos al desprecio e insultos de los paganos. Los cristianos recogían durante la noche los cuerpos de sus mártires y los ocultaban en casas de particulares, conduciéndolos después a los lugares de las sepulturas públicas.

El antiguo Kalendario Romano hecho en tiempos del Papa Liberio, a mitad del s. IV, publicado por los Bolandos y por RUINART, prueba que los entierros de los cristianos se hicieron fuera de Roma. Todos los mártires fueron enterrados o en los cementerios de Calixto, Priscila, Balbina, Pretextato, o en las catacumbas o según el uso de los romanos, en los caminos públicos como era la Vía Ostense, Salaria, Aurelia, Apia, etc.

Sin duda el asilo más seguro para dar descanso a las preciosas reliquias de los mártires, fueron las catacumbas, lugares sombríos, bajo tierra, a manera de minas o intrincadas galerías a donde acudían los cristianos para celebrar los misterios de su religión.

En muchas de las lápidas se grababa el nombre de los mártires enterrados y el género de martirio a que fueron sometidos, por medio de símbolos o señales especiales.

Entre los judíos era un acto religioso construir cerca de las sepulturas de quienes habían muerto santamente, sinagogas u oratorios donde se reunían para orar.

Los griegos ofrecían sacrificios en los lugares destinados a sepulturas de varones insignes.

Los romanos tenían también la costumbre de construir sobre sus hipogeos, salas en que se juntaban para honrar la memoria de sus muertos y celebrar los festines de costumbre. Edificaban igualmente capillas y altares para sacrificar a los dioses manes o lares.

La voz cementerio significa "lugar de descanso, de dormición". Procede del griego koimeterion, de koimeo: "yo descanso, yo duermo". Los cristianos celebraban asimismo sus ágapes o comidas funerarias en aquellos lugares. Este principio tuvo la institución de los altares sobre los sepulcros de los mártires. Pero el número de los muertos llegó a ser tan elevado que no fueron suficientes las catacumbas para enterrarlos. Entonces, algunos ciudadanos ricos que habían abrazado el cristianismo, ofrecieron sus posesiones y tierras para sepultar en ellas a los cristianos. Este es el origen de los cementerios que había en las cercanías de Roma. Más de 40 cementerios hubo, cuyos nombres se han conservado y que el Cardenal Baronio menciona en sus "Anales", donde describe el de Priscila. En ellos se construían altares y capillas para las ceremonias fúnebres y otras prácticas religiosas.

Yo he tenido la oportunidad, con mi esposa, de asistir a la misa que un sacerdote javeriano, buen amigo nuestro celebró en la catacumba de San Calixto en un pequeño altar de piedra bajo tierra. Era realmente impresionante. Parecía que habíamos retrocedido dos milenios en el tiempo.

La "Ley de las 12 Tablas" ordenaba que ningún cadáver se enterrase ni quemase dentro de la ciudad (Hominem mortuum in urbe ne sepelito, neve urito) (Cicer. De Leg. Lib.2, nº 25 et 26). El Emperador Antonino Pío extendió esta ley a todo el Imperio.

Cuando Constantino dió la paz a la Iglesia, los templos de religiones paganas perdieron su crédito y sirvieron después de purificados, de santuarios cristianos, transfiriendo a ellos los altares en que se celebraban los santos misterios en la obscuridad de las catacumbas. Desde el s. II tuvieron Iglesias los cristianos.

Pero en el s. III cambiaron las cosas y al llegar Diocleciano a ser emperador ordenó destruir todas las Iglesias cristianas. Todo esto terminaría con el edicto de paz y tolerancia (Edicto de Milán) de Constantino el Grande (313) recibiendo el cristianismo a partir de entonces, primero la libertad más absoluta por parte del Estado, luego la preferencia y por último sería constituído en religión oficial del Estado. Constantino quiso rejuvenecer y dar nueva vida al Estado y para ello se apoyó en el cristianismo viendo que es el que más podía ayudarle.

La Iglesia, en agradecimiento a lo que Constantino hizo por el cristianismo, le concedió el privilegio de enterrar su cuerpo en el vestíbulo o atrio de la Basílica de los Santos Apóstoles que el mismo Emperador había hecho construir. Algunos de sus sucesores obtuvieron también esta gracia, como Teodosio, Arcadio y Teodosio el Joven, e incluso algunos obispos según refiere Nicéforo. Posteriormene se extendió este privilegio a otras personas y contra ello levantó su voz San Gregorio Nacianceno que murió a fines del s. IV.

Por su parte San Efrén, que vivió y murió también en el s.IV consideraba el entierro en las Iglesias como una profanación de la dignidad del santuario y decía: "Cuando yo muera, que nadie se atreva a enterrarme debajo del altar o en ningún otro lugar de la Iglesia. No es decente que un gusano lleno de podre esté en el templo y santuario".

Para conciliar ambas tendencias, se comenzaron a enterrar los cadáveres en sepulcros inmediatos a los templos, pero siempre fuera del recinto, construyendo sobre ellos vestíbulos y pórticos para preservar a los fieles que acudían a visitar las sepulturas, de las inclemencias del tiempo. Vestigios de aquellas construcciones se conocen hoy con el nombre de Exedras (del griego, ex, fuera y edra, silla). Se consideraban parte dependiente de las parroquias.

Sin embargo al aumentar el tamaño de las ciudades, los cementerios quedaron englobados dentro de ellas. En Madrid son buen ejemplo San Ginés, San Martín y San Sebastián.

El Emperador Teodosio, en la Ley 9, Tít. 17 de su Código, prohibió dar sepultura a los cadáveres dentro de las Iglesias, mandando sacarlos fuera con sus urnas, sarcófagos, ataúdes, etc. para preservar la salud de los ciudadanos.

San Agustín decía que la pompa fúnebre, el grande acompañamiento en los entierros y exequias, la magnificencia de los túmulos y mausoleos, sirve más para consuelo de los vivos que para alivio de los difuntos.

El Concilio de Auxerre celebrado el año 585 prohibió el entierro en los Baptisterios. El Concilio de Nantes (660) prohibió absolutamente los sepulcros dentro de las Iglesias. Lo mismo dispusieron otros Concilios posteriores, buena prueba de que la práctica seguía. En efecto, los abusos continuaban y Carlomagno tuvo que ordenar en las Capitulares del año 707 que en ninguna parte de las Iglesias se enterrase.

Posteriormente basta revisar las Actas Conciliares para observar que en todas aparece una cláusula con similar prohibición. Era indudable que los párrocos seguían la vieja práctica de "acato, pero no cumplo". Y en Viena, donde hacía tiempo que ya no se enterraba en las iglesias ni en sus inmediaciones, el Emperador Carlos VI ordenó que en la de San Esteban, donde al parecer sí quedaban, fuesen detruídos los sepulcros que había.

Así llegamos a finales del s. XVIII no sin que antes se hubiese escuchado hacía tiempo la voz autorizada de los médicos y sanitarios de diversos países de Europa que clamaban por la desaparición de la práctica de continuar enterrando dentro de las iglesias porque podía dar lugar a verdaderas epidemias y sobre todo a malos olores, insoportables durante las misas y demás reuniones de fieles.

Por fin se consigue que se construyan cementerios fuera de las poblaciones, en lugares altos donde el aire limpiase la atmósfera de los olores de la descomposición de los cadáveres.

En 1781 se hizo en París una consulta a la Facultad de Medicina sobre el peligro que podían ocasionar para la salud de los vivos las sepulturas dentro de los pueblos. Y el informe de los Profesores Poissonier, Geoffroy, Lorr, Macquer, Desperrières, de Horne, Michel y Vicq-d'Azyr, probó con muchas experiencias y razones "que los vapores mefíticos que se exhalan de las sepulturas, no eran solamente desagradables sino que eran perjudiciales y podían producir una peste".

En España, a pesar de la legislación muy antigua en contra, se enterraba a los Reyes en las Iglesias y Monasterios y a los fieles dentro y fuera de las Iglesias.

En un Dictamen presentado por la Real Academia de la Historia por los Académicos Guevara y Ortega sobre el tema de los cementerios dentro de las iglesias, señalan que Sánchez Porcina ya decía que nuestros católicos Monarcas mandaron hacer el Panteón fuera de las Iglesia de El Escorial para dar ejemplo a sus vasallos y abandonasen la práctica de ser enterrados dentro de los templos que era una "detestable y diabólica práctica".

Dicen los autores del Dictamen: "Es falso que el Real Panteón de El Escorial se hiciese por semejante razón, antes bien se sabe que Felipe II, para satisfacer la voluntad de su padre Carlos V, lo dispuso de suerte que el cadáver de dicho Emperador quedase bajo el mismo altar mayor de dicha Iglesia donde efectivamente está su cuerpo y el de sus sucesores hasta Carlos II".

En epístola suscrita por D. Félix del Castillo dirigida a D. Pedro Rodríguez Campomanes, primer Fiscal del Consejo y Cámara de Castilla, se hace mención de la súbita muerte sufrida por un hombre que respiró el aire de un sepulcro violado de un subterráneo. Básase en este ejemplo y otros parecidos para apoyar la idea de eliminar los cementerios de las iglesias.

Cita el caso de los Cólchides que colgaban sus cadáveres de los árboles por razones de higiene. Diversas tribus de indios norteamericanos hicieron esto mismo colocando a sus muertos en plataformas de madera entre las ramas de los árboles, expuestos al aire, a los insectos y a los animales carroñeros. Los Hircanios arrojaban sus muertos a los perros para que devorasen sus restos. Los Caspios y los Persas dejaban sus cadáveres expuestos en los campos para que los buitres acabasen con las partes blandas. Una vez descarnado así el esqueleto, después de soleado un cierto tiempo, purificado, era enterrado posteriormente sin daño para la salud.

Los Babilonios fueron los que empezaron a dar una idea más fina de evitar la corrupción, poniendo sus cadáveres en urnas llenas de miel. Luego les siguieron los egipcios con sus refinadas técnicas de embalsamamiento, así como los guanches y otros pueblos canarios. El informe menciona los embalsamamientos de los incas que ya mencionaban los cronistas como Garcilaso o el Padre Joseph de Acosta en sus relaciones del Perú.

Los Romanos incineraron a sus muertos y de la hoguera enfriada extraían los restos óseos y los guardaban en urnas que colocaban en lugares señalados. Se dice que el primer romano incinerado fué Sila, de los Patricios Cornelios.

Todos los informes de los académicos coinciden en afirmar que el aire de las iglesias, especialmente en verano, era mefítico e irrespirable por las emanaciones de las sepulturas y todo el incienso que se quemaba no era suficiente para disimularlo.

Estos informes sirvieron para llamar la atención de las autoridades en 1777 y 1781. A partir de ellos se generó una Legislación sobre los lugares y situación de los cementerios.

La epidemia de Pasajes de San Juan en Guipúzcoa, que produjo gran mortandad, fué atribuída al hedor intolerable que exhalaba la Iglesia parroquial por los muchos cadáveres sepultados allí.

La Novísima Recopilación de las Leyes de España mandada hacer por Carlos IV en su tít. III, Lib.I, recoge la Ley I de Carlos III (9 diciembre 1786) que trata de los "Cementerios de las Iglesias: entierro y funeral de los difuntos". En esta Ley, el Rey Carlos III manda que se observen las disposiciones canónicas sobre el uso y construcción de cementerios según lo mandado por el ritual romano (Ley II, tit.13, Partida 1).

Como dato de mayor interés se menciona el hecho de que: "Se harán los cementerios fuera de las poblaciones, siempre que no hubiera dificultad invencible o grandes anchuras dentro de ellos, en sitios ventilados e inmediatos a las parroquias y distantes de las casas de vecinos, y se aprovecharán para capillas de los mismos cementerios las ermitas que existan fuera de los pueblos, como se ha empezado a practicar en algunos con buen suceso".

El Consejo de Castilla dictó el año 1787 nuevas normas aplicables a las "limpias" y "mondas" de las sepulturas en las parroquias. Las Reales Ordenanzas de 15 noviembre 1796 dispusieron el traslado de todos los cementerios a las afueras de las poblaciones, y mientras esto se llevase a cabo, los cadáveres debían sepultarse en profundidad.

En la Novísima Recopilación hay una Cédula Real de Carlos IV de 19 enero de 1808 en la que se instituyen reglas para acabar la construcción de cementerios bien ventilados en las afueras de las poblaciones.

La Comisión de Construcción de Cementerios dicta una disposición mandando que los cadáveres se trasladen prontamente a los cementerios.

Así lentamente fué abriéndose paso la idea contra las viejas costumbres. A pesar de todo y en muchos casos por dificultades económicas de los Ayuntamientos, en 1857 todavía había en España 2.655 pueblos que carecían de cementerio.

La Reina Isabel II dispuso en 1828 que donde no los hubiera, se hiciesen cementerios provisionales en forma de cercados fuera de las poblaciones hasta que se pudiesen construir más decentemente (R.O. de 12 de mayo de 1849, R.O. de 16 de julio 1857 y de 6 de agosto y 19 de noviembre 1867).

Fué así cómo poco a poco fué desapareciendo la antihigiénica práctica de enterrar a los muertos en las Iglesias. Los cementerios municipales vinieron a substituir a las antiguas formas de enterramiento y siempre fuera de los pueblos y las ciudades.

La Legislación Civil sobre cementerios en España comprende las Reglas de Policía en materia de Higiene. Según la Instrucción General de Sanidad (12.I.1904) corresponde al Inspector y a la Junta Municipal de Sanidad vigilar el regimen higiénico de los cementerios.


Museo de Antropología Médico-Forense Paleopatología y Criminalística
PROFESOR JOSÉ MANUEL REVERTE COMA