El Código de Justiniano ya recoge la bíblica
maldición de Giezi o Guejazi, cuyo origen se encuentra en la Biblia
(II Reyes 5, 1-27). Naamán, jefe del ejército del Rey de
Aram, era hombre poderoso, pero tenía lepra. Una joven israelita
que estaba a su servicio le habló de las grandes curaciones que
hacía Eliseo, el Profeta de Samaría y de cómo si
fuese a él podría curarle la lepra. El Rey de Aram prometió
ayudarle con su influencia para lo cual le dió una carta para el
Rey de Israel pidiendo que curase la lepra de Naamán. Al leer la
carta, el Rey de Israel se rasgó las vestiduras exclamando que
él no tenía poder para curar. Eliseo que lo supo, le dijo
que se lo enviasen a él. Naamán se detuvo ante la casa del
profeta. Este ni siquiera le "examinó", diciéndole a través
de un emisario: "Vete y lávate siete veces en el Jordán
y tu carne se te volverá limpia". Aquello encolerizó a Naamán
que esperaba que el Profeta le hubiese hecho una curación milagrosa
después de frotarle con la mano la parte enferma. No obstante,
obedeció a Eliseo y se lavó en el Jordán las siete
veces que le había indicado y quedó maravillado cuando vió
que su carne se tornaba como la de un niño pequeño, quedando
limpio. Regresó donde Eliseo y quiso hacerle un buen regalo, pero
a pesar de su insistencia, Eliseo no quiso aceptarlo y le dijo solamente:
"?Véte en paz!".
Mas Guejazi, el criado del Profeta, que presenció
la escena, mordido por la codicia se fué tras Naamán diciéndose:
"Voy a correr tras él y tomaré algo de su mano". Y así
lo hizo, pidiendo a Naamán un talento de plata (algo así
como 8.000.000 de pesetas y dos vestidos de fiesta en nombre de Eliseo.
El arameo le dió no uno sino dos talentos de plata y dos vestidos.
Al regresar Guejazi, Eliseo le preguntó de
dónde venía. El criado contestó evasivamente: "Tu
siervo no ha ido ni aquí ni allá". Eliseo que comprendió
la mala acción de Guejazi le dijo: "Ahora has recibido plata y
puedes adquirir jardines, olivares y viñas, rebaños de ovejas
y bueyes, siervos y siervas. Pero la lepra de Naamán se pegará
a tí y a tu descendencia para siempre". Y Guejazi salió
de su presencia con lepra blanca como la nieve.
La palabra l e p r a, de origen griego, fué
ya utilizada por HIPOCRATES y los médicos de la Elade para designar
las lesiones aparecidas en la piel con aspeto escamoso, lo que hoy conocemos
con el nombre de psoriasis. También llamaron al psoriasis
lenki que significa lepra blanca. El término hebreo
tsara'ath con el que designaban las lesiones blanquecinas de la
piel, equivale a la palabra griega lepra.
Con la palabra tsara'ath ha sucedido como
con otros muchos términos bíblicos que designan enfermedades
que al no poder ser identificadas, han creado problemas insolubles de
traducción. Tsara'ath es por ello una palabra que se aplica
genéricamente a todas las enfermedades de la piel en general. MAIMONIDES
ya lo interpretó así en su "Tumat ha tsara'ath",
dando a esta palabra el significado de dermatitis o dermatosis. La verdadera
lepra o lepra leonina era llamada tsara'ath ha metsah.
Los griegos conocieron la verdadera lepra y la describieron
con el nombre de elefantiasis, debido a la deformación especial
producida por esta enfermedad cuyos nódulos o lepromas, al ir creciendo
o confluyendo, recordaban el aspecto de la piel del elefante.
Cuando los árabes comienzan a hacer traducciones
de los autores griegos, surge una nueva confusión al interpretar
la palabra elefantiasis por "Dal-Fil", que significa "pata de
elefante". De aquí que hayan surgido en la Historia de la Medicina,
términos diferentes para designar a la verdadera enfermedad de
Hansen: elefantiasis graecorum y elefantiasis arabum.
Los hebreos usan la palabra juzam para describir
la elefantiasis griega o lepra moderna y juzam será traducida
al latín por la palabra griega lepra, la misma palabra usada por
los antiguos griegos para designar diversas lesiones de la piel.
Poco a poco el sonoro y terrible nombre de lepra
fué reemplazando al no menos sonoro pero más largo de elefantiasis
graecorum y hoy tiene carta de naturaleza.
ANTIGÜEDAD DE LA LEPRA
En los textos más antiguos de las culturas
de Oriente llegados hasta nosotros, como el Papiro de Brugsch (2.400 a.C.),
las obras de Susruta en la India (Susruta Samhita), y Charaka, que fueron
los dos médicos hindúes más famosos de los años
500-100 a.C., ya se menciona una enfermedad infecciosa, una de cuyas variedades
producía la "pérdida del sentido del tacto", clara alusión
a la lepra anestésica.
En China la mencionan varios Pen-Tsaos y los Anales
de Confucio (600 a.C.). En la Biblia, en el Antiguo Testamento (Pentateuco,
Levítico) se establece el concepto de leproso.
Según estos testimonios se deduce que desde
tiempos muy remotos fué conocida esta enfermedad en Egipto y Oriente
(Mesopotamia e India, China, Japón) extendiéndose desde
allí a Grecia, la Península Itálica y Norte de Africa
y ya en la Edad Media, por toda Europa.
Los Vedas de la India que recogen tradiciones
orales tan antiguas como de 6.000 años a.C. demuestran que esta
enfermedad debió existir desde muy remotas épocas en el
Continente asiático. En el Atarva Veda y Manava-Dharma-Castra
se describen los síntomas de la lepra verdadera (1500-500 a.C.)
recomendándose diversas medidas profilácticas contra la
enfermedad. En el Susruta-Samhita (600-100 a.C.) se cita la lepra
con el nombre de Vat-ratka, Vat-shomita y Kushta,
recomendándose para su curación el aceite de chaulmoogra.
Pero bajo el nombre kushta se conocían
en la India un gran número de enfermedades cutáneas una
de las cuales era la enfermedad de Hansen.
En China se usaba el término li o lai,
en el que se incluían muy diversas afecciones de la piel, como
el eczema, el prurigo y posiblemente la lepra. Otros términos chinos
antiguos como lieh-fang y wu-chi siguen utilizándose
para designar la lepra. Cuenta la Historia que uno de los discípulos
de Confucio, de nombre Pe-Nieu, murió a causa de la lepra. La crónica
de la Dinastía Chu contiene una descripción de la lepra
verdadera.
Hua-To, el famoso médico-cirujano chino, en
su obra "Remedios secretos completos", hace una descripción minuciosa
de la lepra y sus formas, detallando las lesiones nodulosas, la ronquera,
la anestesia y la contagiosidad del mal, así como la influencia
de la falta de higiene, la suciedad, la superpoblación, la promiscuidad
y el contacto prolongado, en la extensión de esta enfermedad.
Entre malayos e indonesios, la palabra utilizada
para designar la lepra es kusta, evidente préstamo cultural
hindú. En Japón, las fuentes documentales más antiguas
la denominan tsumi. En las ruinas de algunos templos de Angkor
(Cambodia) se han hallado bajorrelieves representando lesiones mutilantes
y deformantes de lepra.
En Mesopotamia, entre asirios, babilonios, acadios,
elamitas y sumerios, había diversas palabras para designar afecciones
de la piel plagada de costras, pero la palabra eqpu designaba la
enfermedad que destruye la cara y el cuerpo, la lepra. También
se usó la palabra bennu.
HERODOTO que escribe en el año 170 a.C., consideraba
a la India como el lugar de donde procedía la lepra. CTESIAS, otro
gran viajero e historiador opinaba lo mismo antes que él (s. V
a.C.).
En Egipto, el Papiro de Ebers (1300-1000 a.C.) además
del Papiro de Brugsch citado, que recoge muy antiguos conocimientos de
Egipto, describe la lepra en sus formas tuberculoide y lepromatosa con
los nombres de tumores de Chous y mutilaciones de Chous.
IDEAS SOBRE EL ORIGEN DE LA LEPRA
Las distintas culturas han tratado de interpretar
de muy diversas formas el origen de esta enfermedad, desde la ofensa a
la divinidad (enfermedad-pecado), o a los antepasados, transgresión
de un tabú y rapto del alma, hasta la hechicería o la penetración
de un cuerpo extraño visible o invisible. En general se han considerado
causas sobrenaturales y naturales.
El Ayurveda describe 18 variedades de lepra,
atribuyéndolas unas a origen venéreo, otras a crueldad con
los animales, ofensas a los padres, antepasados o divinidades, gula, avaricia
o picaduras de animales venenosos. El enfermo/culpable quedaba manchado,
impuro, contaminado.
El concepto asiático en general, de la aparición
de una enfermedad repugnante de la piel, especialmente el tsuni
o lepra, es porque el sujeto ha pecado. La enfermedad-pecado, la enfermedad-mancha,
que requiere purificación, limpieza, es un concepto de los más
arcaicos de la humanidad. Los hebreos heredaron esta idea desde sus orígenes
en Ur, la patria de Abraham en Caldea. Sus libros, el Antiguo Testamento
y tradiciones más antiguas, ya tienen muy en cuenta esta enfermedad-pecado
o impureza (Levítico, Exodo, Reyes, Números).
El significado religioso de la lepra se extiende
por Occidente con el Cristianismo, heredero de las tradiciones judaicas
y del conocimiento bíblico. Del Antiguo Testamento pasará
al Nuevo Testamento, aunque Jesús cura a los leprosos (Luc 5, 12-16),
separando por primera vez los conceptos de curación del cuerpo
y salud espiritual por la fe. Así continuará esta idea de
enfermedad religiosa en el cristianismo por muchos siglos.
PRIMERAS DESCRIPCIONES EN EUROPA
Desde las primeras descripciones contenidas en el
Corpus Hippocraticum (Aforismos III, 20; De Usu Humidorum y Epidemias,
2), aparecen unas veces asociadas a psoriasis, eczema y diversas dermopatías,
otras como la verdadera lepra o elefantiasis.
CELSO describe la elefantiasis graecorum (III,
25) señalando que es afección muy crónica, que afecta
a toda la constitución física del paciente, alterándose
incluso los huesos, describe las manchas y los tumores numerosos de la
piel, la hinchazón de la cara, piernas y pies, y la desaparición
de los dedos de éstos.
ARETEO DE CAPADOCIA la llama leontiasis
por el aspecto de facies leonina que adopta el rostro y las destrucciones
óseas. La llama también satiriasis por el apetito
sexual exacerbado que se observa en estos pacientes.
PLINIO en su Historia Natural (XXVI, 5), señala
que esta enfermedad fué importada a la Península Itálica
desde Egipto en tiempos de Pompeyo el Grande (10-48 a.C.).
El árabe ABULCASIS describe cuatro variedades
de lepra: leonina, elefantina, serpentina y vulpina.
Sus descripciones tienen gran precisión, anotando la alopecia de
los pacientes, la pérdida de la voz, la aparición de úlceras
en todo el cuerpo, la destrucción de la nariz, la lenta destrucción
de las extremidades y el fetor oris.
Otra descripción clásica de la lepra
se halla en GILBERTO ANGLICUS (1180-1250) famoso médico de la Escuela
de Salerno, que participó en la Tercera Cruzada, descripción
que incluyó en su "Compendium Medicinae".
En la Edad Media europea, la mejor descripción
de la lepra se debe a GUY DE CHAULIAC en su obra "Inventarium sive Collectorium
Partis Chirurgicallis Medicinae", publicada en 1363, que fué el
texto médico y quirúrgico por excelencia en Europa por mucho
tiempo.
LA LEPRA EN LA BIBLIA
El Levítico y Pentateuco contienen legislación
para prevenir y tratar la lepra, señalando las formas de diagnóstico
y la obligación de vivir separados los enfermos de los sanos. Una
de las citas más notables es la del Exodo (Ex, 4, 6) cuando Jehová
hace caer la lepra sobre la mano de Moisés y luego le ordena meter
la mano en su seno y sacarla de nuevo, quedando curado. María,
la mujer de Aaarón cayó enferma de lepra durante su embarazo.
Dice el texto bíblico: "Estaba leprosa como la nieve". Para curarla
ordena Jehová a Moisés que envíe fuera del campamento
a su cuñada por siete días.
El caso de Naamán, el sirio-arameo ya citado
y el del criado de Elías, Giezi sobre el cual cayó la maldición
de su amo por su avaricia y engañoso proceder.
El Rey Azarías (2 Re, 15, 5) a quien "Jehová
hirió con la lepra y estuvo leproso hasta el día de su muerte
y habitó en casa separada".
El Rey Uzías fué leproso (Cr 26, 21-23)
hasta el día de su muerte y habitó leproso en una casa apartada.
Uzías u Ozías parece ser el mismo que el Azarías
de 2 Re que se había rebelado contra Jehová.
Hay otros cuatro hombres innominados, leprosos (2
Re 7, 3) que estaban en la Puerta de Samaría, por haber sido segregados
de la ciudad por su enfermedad.
La enfermedad de Job se ha pensado que pudiera ser
lepra, pero el prurito que dice sentía y que era tan intenso que
tenía un tiesto para rascarse con él, no suele presentarse
en la lepra. Más bien recuerda a algún padecimiento dermatológico
del tipo del prurigo. Sin embargo dice Job que su piel se ha ennegrecido
y se le cae y sus huesos le arden de calor.
En el Nuevo Testamento hay varios leprosos. Jesús
los sana como en el caso que se cita en Mateo (8, 1-4), que es el mismo
que cuentan Marcos (1, 40-45) y Lucas (5, 12-16). Mateo (11, 5) dice que
los leprosos son limpiados por Jesús. Simón el Leproso cuya
casa visitan Jesús y los Apóstoles (Mat. 14, 3; 26,6) es
otro de los leprosos del Nuevo Testamento.
VIAS DE DISPERSION DE LA LEPRA
Los caminos de la Historia coinciden con los caminos
de la lepra.
Parece indudable que los soldados romanos que estuvieron
en las campañas de Oriente, extendieron las fronteras geográficas
de la lepra.
Los vikingos llevaron la enfermedad desde Inglaterra
hasta el Norte de Europa. Los egipcios la llevaron a Grecia o mejor los
griegos que estuvieron en Egipto adquirieron allí la enfermedad
y la llevaron a su país.
Las caravanas de Oriente traían junto a sus
productos comerciales, entre otras enfermedades, la lepra.
Judíos y gitanos, los primeros durante la
diáspora que tuvo lugar tras la caída de Jerusalen, y los
segundos en sus sucesivas y nomádicas migraciones, se instalaron
en diversos puntos de Europa llevando consigo la lepra que traían
de sus países de origen.
Los cruzados, a su regreso de Oriente, vinieron contagiados
algunos de ellos de esta enfermedad, dispersándose por toda Europa
y con ellos el mal. Al menos así se ha creído hasta ahora.
Por su parte, los esclavos negros llegados de Africa a América
la llevaron al Nuevo Continente. A Oceanía la llevaron los hindúes,
regándola por Malasia, Indonesia y Filipinas, con el nombre de
kusta y los chinos la llevaron al restos de las Islas de Polinesia.
Aún en Hawaii y Tahiti se la llama "enfermedad china" (mai pake).
Sin embargo este esquema aparentemente tan simple
es mucho más complejo, dependiendo de la confusión diagnóstica
de las enfermedades de la piel entre las cuales había una gran
variedad que iban al cajón de sastre de la lepra.
Gran parte de la Historia de la lepra está
aún escondida bajo tierra. Excavaciones arqueológicas llevadas
a cabo en antiguos cementerios de Inglaterra (s. IV y V a.C.) como las
romano-británicas de Poundbury Hill, en Dorset, han sacado a la
luz esqueletos con evidentes lesiones leprosas.
Los estudios de Möller-Christensen (1944) en
las excavaciones del Monasterio agustiniano de Aebelholt, cerca de Copenhague,
han permitido extraer numerosos esqueletos con lesiones leprosas.
Zambaco Pachá opinaba que fueron los fenicios
los primeros agentes de propagación de la lepra a los países
con los que comerciaban. Por eso hubo focos de endemia leprosa en todas
aquellas colonias o puertos fenicios o que en otro tiempo fueron fenicios.
HOSPITALES PARA LEPROSOS
En Inglaterra ya existían Hospitales de leprosos
antes de que los marinos ingleses fuesen a las Cruzadas en 1096. Ejemplo
fué el Lazareto de Horbledown, cerca de Canterbury, fundado por
el obispo Lanfranc en 1089. El nombre islandés para la lepra (likprar)
derivado del anglosajón kikprowere (sufrir) es antiquísimo,
muy anterior a las Cruzadas.
En el s. IV la lepra era muy frecuente en las Galias.
En el s. V ya había Hospitales de leprosos en lo que sería
Francia y en el s. VI, los Concilios de Orléans (459) y de Lyon
(583) decidieron que "en cada ciudad habrá un alojamiento separado
para los leprosos, que serán alimentados y vestidos a expensas
de la Iglesia para que no tengan que mendigar".
Ya por entonces la lepra era común en Galicia,
Asturias, Vascongadas y en otros muchos lugares de la Península
Ibérica. Pero sobre todo,las peregrinaciones a Santiago de Compostela,
durante varios siglos, trajeron a nuestro suelo leprosos de toda Europa.
Para ellos y para los leprosos residentes, se habilitaron lazaretos
o malaterías como se llamaron estos hospitales de leprosos,
en muchos lugares del Camino de Santiago, junto a los Monasterios, o cerca
de las Iglesias y desde luego fuera de las ciudades.
Las invasiones árabes del s. VII fueron otra
vía de penetración de la lepra en Europa, tan importantes
como la que trajeron los Hunnos, los judíos de la diáspora
y los gitanos que venían contaminados de la India.
La lepra estaba pues muy arraigada en Europa hasta
el último confín, mucho antes de la Primera Cruzada. Pero
en los s. XII y XIII apareció una pandemia que se calificó
de "lepra" y que algunos autores consideran que pudo tratarse de sífilis
(anterior por lo tanto al descubrimiento de América).
El año 560 Gregorio de Tours menciona la existencia
de Hospitales para leprosos (leprodochia), las leproserías,
que alcanzarían un número extraordinario.
Hay algo que no encaja en la pandemia de lepra del
s. XIII y es que la lepra tiene un índice muy bajo de contagiosidad
y requiere un largo periodo de incubación para su aparición
y desarrollo, exigiendo por lo tanto una larguísima convivencia
con el enfermo leproso hasta que llega a manifestarse. Y otro hecho aún
más notable es la desaparición, casi tan rápida como
su aparición, de la supuesta lepra.
La mayoría de los autores que han tratado
sobre este tema, están de acuerdo en reconocer que el aislamiento
y las medidas represivas tomadas contra los leprosos, tuvieron el efecto
contrario al deseado, pues la ocultación de la lepra tiene que
haber sido grande ante el temor de los enfermos de ser separados de la
familia y de sus hogares, lo que ocasionó un mayor contacto y más
prolongado con el enfermo. Además es sabido que un leproso puede
vivir mucho tiempo con personas sanas sin contagiarlas. La lepra se contrae
en la infancia o juventud y no se manifiesta hasta la edad adulta. Por
este motivo muchos autores han creído que la pandemia del s. XIII
pudo no ser lepra sino sífilis.
Dentro de unos meses tendrá lugar en Francia
un Congreso Internacional dedicado a este tema, ya que cada día
hay más dudas sobre la no existencia de sífilis en el Viejo
Mundo antes del año 1492, como se suele creer. Los árabes
trataron muchos supuestos casos de lepra con mercuriales con excelentes
resultados y hoy sabemos que la lepra no se puede curar con mercurio.
La que se curaba bien con mercurio era la sífilis. Todavía
hay mucho que investigar en este terreno.
EL CAMINO DE SANTIAGO
Deberíamos decir mejor, los Caminos de Santiago,
ya que no había sólo uno sino muchos ramales para llegar
a Santiago de Compostela a través de los Pirineos desde todos los
lugares más alejados de Europa y en España los Caminos se
dirigían hacia Castilla, León, Navarra, La Rioja, Aragón,
Las Vascongadas, Cantabria, Asturias para llegar a Galicia.
El camino más corto en apariencia para llegar
desde Francia a Galicia era seguir por el Norte de España, cerca
de la costa, aunque no era el más fácil en aquellos tiempos
por lo abrupto, teniendo que atravesar por en medio de las montañas,
valles profundos y en algunos tramos seguir por la costa difíciles
vericuetos. Sin embargo, aquellos caminos pronto quedaron sembrados de
malaterías. Los peregrinos eran socorridos y albergados
en construcciones adyacentes a las Iglesias o Monasterios, a veces en
los mismos templos.
Los albergues para peregrinos surgieron en las proximidades
de los caminos que llevaban a Santiago. Los Reyes Alfonso III en el s.
X y Alfonso VI en el s. XI fundaron varios monasterios, iglesias y casas
para peregrinos. En lo alto de Puerto Pajares surgió en 1103 el
Hospital de Arbas del Puerto, y otro en el camino de León a Oviedo
como fué la Alberguería de Copián. En el s. XII se
construyen los Hospitales de San Isidro, Río Seco en Pola de Siero,
Tarna, San Clemente, Valle de Unio y Puente Mieres, todos para leprosos.
En el s. XIII, Tolívar ha señalado
24 hospitales para leprosos sólo en Asturias, cuya actividad duró
hasta avanzado el s. XVIII. Muchos peregrinos se detenían en Oviedo,
donde en San Salvador se guardaban valiosas reliquias y de allí
iban por Lugo hasta Santiago. Los itinerarios se desviaban a veces hacia
la ciudad de León para eludir el Camino de la Costa que era muy
abrupto. Pero si seguían por la costa lo hacían por Llanes,
Ribadesella, Arriondas y Pola de Siero entrando en Galicia por Ribadeo
o bien llegaban a Fonsagrada, ya en Galicia por Peñaflor, Cabruñana,
La Espina, Tineo o por Gera-Mirallo, Cangas de Tineo y Cecos.
Oviedo era muy visitado por los peregrinos que deseaban
ver la famosa "Arca Santa de las Reliquias", donde se conservaban los
cabellos de Santa María Magdalena y la Tierra del Sepulcro de Lázaro.
Todavía hoy se conoce el Camino que iba a
Santiago como "camino francés" que traía a los peregrinos
de toda Europa a través de Francia y los Pirineos por el Norte
de España.
Las malaterías proliferaron al borde
de estos caminos.
En Lugo hubo un Hospital de Leprosos ya en 1199 y
50 años antes ya se había construído uno en el mismo
Santiago. En el País Vasco, Santander y Asturias hubo muchas malaterías
y todavía, aún después de haber desaparecido materialmetne,
se conservan los topónimos que las recuerdan como Río Gafo,
Cerro Malato y otros por el estilo.
Las peregrinaciones a Santiago constituyeron uno
de los fenómenos socio-religiosos que produjeron más impacto
en las poblaciones por donde transitaban los peregrinos camino de Santiago
de Compostela. Su origen está sin duda en el descubrimiento del
sepulcro del Apóstol Santiago (Jacobo) hermano de Juan el Evangelista,
ambos hijos del Zebedeo. El Obispo de Iria Flavia, Theodomiro, con la
ayuda del Rey Alfonso II el Casto construyó el primer templo de
Compostela en honor al Santo Apóstol, que sería más
tarde destruído por Almanzor cuando éste conquistó
Compostela. Sin embargo, los restos del Apóstol pudieron ser escondidos
por el Obispo Pedro de Mezonzo. Tras la expulsión de los moros,
reapareció la devoción a Santiago Apóstol y en el
s. XI se reconstruyó el templo, como la gran Catedral que hoy podemos
admirar en Santiago de Compostela donde millones de peregrinos impulsados
por su devoción y su fe, comenzaron a llegar sin interrupción
desde los más recónditos lugares del mundo cristiano. La
Abadía de Cluny de la regla benedictina, fué una de las
que más propició estas peregrinaciones, facilitando a los
peregrinos desde Francia el acceso al Camino de Santiago.
Las tierras llanas de Navarra ofrecieron un buen paso
a los peregrinos llegados de Francia que se dirigían hacia el Río
Ebro tratando de evadir las zonas más montañosas. Muchos
de los peregrinos eran enfermos que iban en busca de salud esperando el
milagro del santo. Muchos morían por el camino. El primer gran
promotor de albergues y hospitales para peregrinos en Navarra fué
García el de Nájera. Las instituciones hospitalarias y con
ellas los lazaretos o malaterías proliferaron por los caminos de
Navarra que formaban rutas jacobeas. Hasta en los pueblecitos más
pequeños había algún albergue destinado para enfermos
y peregrinos. Los primeros hospitales conocidos en Navarra, cuenta Jimeno
que fueron las leproserías puestas bajo el patrocinio de San Lázaro
y Sta. Magdalena. Probablemente las más famosas de Navarra fueron
la de la Magdalena que había extramuros de Pamplona en la margen
derecha del río Arga y la de San Lázaro de Estella, con
el Hospital de San Lázaro de Estella.
En la Baja Navarra, en tierras de Baigorri, estuvo
el Hospital de Beaun y los de Bidarray y Urragaçaun en Ossés.
La región de Cisa estaba poblada de albergues y Hospitales, muchos
de los cuales alojaban leprosos solamente. En Roncesvalles estuvo el Hospital
de Monconseill y el de San Juan de Irauzqueta, la alberguería de
Capairón y el Hospital de Gorostgaray.
En el Valle de Erro se levantó el célebre
Hospital de Roncesvalles, que llegó a convertirse en el centro
hospitalario más importante de Navarra. En el Valle de Esteríbar
hubo un hospital junto al puente que lleva a Zubiri dedicado a Sta. María
Magdalena, para leprosos. Donde se unían los caminos de Ibañeta
y Velate estuvo el Hospital de la Trinidad de Arre y antes de entrar en
Pamplona estaba el Lazareto de la Magdalena. En el Valle de Lizarbe, por
donde discurría uno de los ramales del camino que conectaba con
los que se desviaban hacia Santiago, hubo otro famoso Hospital, el del
Crucifijo y junto a él el de San Lázaro para leprosos. En
la Merindad de Estella, la malatería de San Lázaro. Y el
primer hospitium que se conoce en la Ruta jacobea navarra estuvo
en el Monasterio de Irache (s.XI). Luego se fundaron el Hospital de Montejurra,
Cogullo, Sansol, Santa María de Melgar y cuatro más que
hubo en Viana.
En los alrededores de Sangüesa hubo numerosos
albergues, hospitales y malaterías, como San Lázaro, San
Adrián, Sta. Eufemia, San Vicente, San Nicolás. En Rocaforte
estuvo el Hospital de San Pablo y en Campanas el de San Nicolás
de Bari.
La Guía de Peregrinos del s. XII señalaba
dos rutas para atravesar los Pirineos: una que partiendo de Olorón
remontaba el Valle de Aspe hasta la cumbre del Pirineo (Summo Portu),
donde estaba el Monasterio y Hospital de Sta. Cristina, seguía
por Jaca hasta Puente la Reina donde enlazaba con la otra que desde Ostabat
subía por Ibañeta donde estaba la famosa Cruz de Carlos
("Crux Caroli") en todo lo alto del Pirineo, lugar desde donde se divisaba
el Mar Cantábrico y los reinos de Castilla, Aragón y Navarra.
Desde allí seguía por Roncesvalles, Pamplona y Puente la
Reina.
Otros cruzaban el Pirineo por Canfranc, Portalet
y aún otros lugares más al Oriente.
El llamado "Codex Calixtinus", manuscrito medieval
atribuído al propio Papa Calixto II (s. XII), que se conserva en
el Archivo de la Iglesia Catedral de Compostela, relata la Historia, Vida
y Milagros de Santiago Apóstol, y la aparición milagrosa
de sus restos traídos después de su martirio por sus discípulos
al lugar donde había predicado el Evangelio. Además señala
los nombres de los lugares y caminos que llevaban a Santiago como guía
para los peregrinos.
Hubo otras dos malaterías más en Logroño
ciudad donde había una Iglesia dedicada al Apóstol, y un
gran Hospital de Peregrinos, en Nájera otro gran Hospital de Peregrinos
junto al Monasterio fundado por Don García en 1052. Otro punto
de la ruta jacobea era Santo Domingo de la Calzada con otro Hospital junto
al Camino de Santiago, construído por el propio Santo Domingo en
una forma que la leyenda ha considerado milagrosa por el esfuerzo que
puso en ella sin ayuda de nadie más que de la Divina Providencia.
Siguiendo esta ruta, había más adelante en Laguardia otro
gran Hospital donde se reunían los peregrinos que llegaban de Francia
por Irún, Vitoria, Puerto de Peñacerrada y Leza. De allí
partían para reunirse con los que llegaban de Logroño y
Nájera. Seguían hasta San Juan de Ortega y por la orilla
del Río Arlanzón avistaban las torres de la Catedral de
Burgos donde había dos malaterías. Burgos era el punto crucial
en el Camino de Santiago, considerándose como la mitad del viaje
jacobeo.
Había otras malaterías en San Nicolás
del Real Camino, en Sahagún, Sarriá, Cacabelos, Tolosa,
Vitoria, Guetaria, Bilbao, San Vicente de la Barquera, Mondoñedo
y otras muchas más.
Ya en la provincia de Palencia, había en Frómista
dos importantes Hospitales para Peregrinos. En Villalcázar de Sirga
se levantaba el tercero de los grandes Hospitales de Peregrinos construídos
por los Templarios, después de los de Eunate y Torres del Río.
En Carrión de los Condes había otro Hospital. En León,
Astorga, hubo otros Hospitales como también en Puente de Orbigo.
En Villafranca del Bierzo estuvieron los Hospitales de Santiago y San
Lázaro y en Cebrero un Monasterio de Benedictinos con su Hospital
y leprosería.
Cuentan los romances del Cid que cuando se puso en
peregrinación a Santiago, se topó en el camino con un leproso
y no teniendo nada que ofrecerle, estrechó su mano. Resultó
que el leproso era el propio San Lázaro.
Muchos de los que fueron construídos para
albergues de peregrinos, se transformaron con el tiempo en leproserías
o malaterías para leprosos. No olvidemos lo que ya hemos dicho
y es que bajo el rótulo de leprosos debieron de entrar en estos
lugares enfermos de sarna, eczemas, psoriasis y otras muchas afecciones
de la piel.
La Orden de San Lázaro fué fundada
en Jerusalen en 1120. Los primeros Grandes Maestres de la Orden fueron
leprosos por disposición de sus Constituciones, hasta que Inocencio
IV abolió esta antigua disposición en 1253.
La Orden de San Juan de Jerusalen fué instituída
en 1099 para el cuidado y defensa de enfermos y peregrinos bajo la regla
de San Agustín. Cuando Saladino en 1186 se apoderó de Jerusalen,
la Orden se trasladó a Rodas. Más tarde Carlos I les concedió
la Isla de Malta como sede hasta que Napoleón se apoderó
de la Isla.
Estas Ordenes fundaron muchos Hospitales para leprosos
o lazrados como también se les llamaba.
La lepra figura en primer lugar entre las enfermedades
curadas por mediación del Apóstol Santiago.
Cada malatería disponía de una habitación
para los enfermos, una capilla y un establo para ganado. Su capacidad
permitía mantener a 6 o 12 leprosos según el caso, cada
uno de los cuales tenía su celda y a veces cabañas separadas.
Los tratamientos solían ser escasos porque
se consideraba mal incurable, pero en algunos documentos se mencionan
como remedios, la "Oración de San Lázaro", aguas
de algunas fuentes mineromedicinales de gran poder curativo, caldo de
víbora, ungüentos mercuriales, sal, ortigas, y diversas plantas
aromáticas como romero, tomillo, salvia, menta. Pero sobre todo
se procuraba el aislamiento de los leprosos para que no tuvieran contacto
con los sanos. Incluso en las Iglesias tenían una capilla para
ellos solos, separada del resto del templo por barrotes de madera. Las
malaterías tenían por lo general sus propias huertas y ganado
para alimentar a los enfermos. El 90 por ciento de los leprosos morían
en las malaterías, seguramente muchos de ellos no de lepra sino
de otras muy diversas enfermedades.
Se cree que San Francisco de Asís fué
en peregrinación a Santiago. recorriendo el Camino desde la Costa
de Levante hasta Oviedo y Santiago.
En realidad los Hospitales de leprosos eran depósitos
de enfermos, muchos de ellos fundados por almas piadosas con el deseo
de alcanzar el cielo por medio de obras de misericordia, otros fundados
por Ordenes como las mencionadas de San Lázaro y de San Juan de
Jerusalen y algunos por decisiones municipales. Junto con la idea de caridad
cristiana se unía el interés por la salud pública
y la prevención del contagio. Los leprosos, una vez denunciados
a las autoridades, eran aislados y considerados muertos en vida. Debían
llevar una carraca o esquila para avisar su presencia y una especie de
toga (lazarea), hábito pardo grisáceo, no muy diferente
del de cualquier peregrino, pero con un modiolus o barrilete colgado
al cuello donde se depositaban los objetos o alimentos que les daban,
con objeto de no tener ningún contacto con el leproso. Una marca
identificativa sobre la esclavina que podía ser una señal
roja, azul, amarilla o una pata de ánade según el país
de procedencia.
El temor a la lepra fué tan grande en algunas
épocas de la Historia que se solía incluir una cláusula
en los testamentos que decía: "Quienes no cumplan esta voluntad
sean destrozados por la lepra". Era la peor maldición que se podía
desear a nadie.
Ya en el s. XVI, los Hospitales de leprosos fueron
pasando de la jurisdicción eclesiástica a la civil. En España
coincide el fin de siglo con la creación de Hospitales Generales.
En Madrid, por ejemplo, el Hospital de San Lázaro, existente desde
tiempos remotos en las afueras, al Sur de la Capital, más allá
de la muralla, al final de la Cuesta de la Vega, pasó a integrarse
al de Antón Martín, donde se atenderían desde entonces
las enfermedades de la piel, las venéreas y la lepra. Fué
la época en que la lepra se fué haciendo rara en Europa
y los Hospitales de leprosos fueron quedando vacíos.
Pero durante siglos, los peregrinos mezclados con
los leprosos fueron avanzando sin cesar por los duros caminos que llevaban
a Santiago, encontrando muchos de ellos el alivio o la curación
a sus males como parecen demostrar los muchos exvotos dejados en Iglesias
y Monasterios después de su peregrinación.
Cuando ya estaban los peregrinos cerca de Galicia,
los que venían por León, pasando por Sarria, Barbadelo y
Portomarín, llegaban a Palas del Rey y Lestedo donde se unían
otras vías jacobeas que venían de Puebla de Sanabria y Zamora.
En todas había Hospitales y leproserías. Al llegar los peregrinos
a Mezonzo lugar natal del famoso Obispo de Compostela San Pedro de Mezonzo,
sabían que estaban casi al final de su jornada y ascendían
al Mont-Joy, desde cuya cumbre se divisaban los campanarios de la Catedral
de Compostela. Era un momento emocionante. Muchos se descalzaban y bajaban
así hasta las puertas de la ciudad entre cánticos y oraciones.
Allí estaba el "Campus Stellae", la Compostela, meta de sus anhelos,
lugar donde durante siglos han concurrido millones de penitentes movidos
por la fe, desde reyes a monjes, desde príncipes de la Iglesia
a Santos, desde hombres encumbrados en las sociedades de su tiempo, procedentes
de todos los pueblos de la Cristiandad. Obradoiro, Pórtico de la
Gloria, Botafumeiro y al lado el Hospital de Peregrinos construído
por los Reyes Católicos. Después del lavado ritual de pies
y cuerpo e incluso ropas en el río de Lavacolla o en las fuentes
de la plaza, oleadas de gente penetraban en el templo y en una confusión
de lenguas se confundían gentes venidas de Francia, Alemania, Italia,
Centro y Oriente de Europa con los nativos de todas las regiones de España
y con ellos, muchos enfermos del cuerpo o del alma, y cientos de leprosos
en busca del milagro que esperaban conseguir después de haber abrazado
el busto de bronce del Santo Patrón de España.