LA LEPRA Y EL CAMINO DE SANTIAGO
Dr. José Manuel Reverte Coma

Es preciso situarse en los siglos del primer milenio a.C o del primer milenio d.C. hasta la Edad Media para comprender lo que debió de significar la presencia de lepra en un individuo o en una población. Sobre cómo penetró esta enfermedad en la Península Ibérica hay diversas teorías. Lo más probable es que todas tengan algo de razón. Hay quienes creen que entró por la baja Andalucía 1.200 a.C. procedente de Africa o Asia Menor, otros piensan que la trajeron las legiones romanas y más tarde los que regresaron de las Cruzadas a Tierra Santa. Probablemente fueron varias oleadas sucesivas y en distintas épocas. Pero indudablemente desde que empezaron las peregrinaciones en el s. IX por las rutas jacobeas, centenares de leprosos de todas partes de Europa realizaron una permanente invasión recorriendo los distintos caminos en largas marchas con el vivo deseo de que el Santo Señor Santiago les proporcionase la curación milagrosa para el mal que ningún medicamento de la época era capaz de aliviar.

El Código de Justiniano ya recoge la bíblica maldición de Giezi o Guejazi, cuyo origen se encuentra en la Biblia (II Reyes 5, 1-27). Naamán, jefe del ejército del Rey de Aram, era hombre poderoso, pero tenía lepra. Una joven israelita que estaba a su servicio le habló de las grandes curaciones que hacía Eliseo, el Profeta de Samaría y de cómo si fuese a él podría curarle la lepra. El Rey de Aram prometió ayudarle con su influencia para lo cual le dió una carta para el Rey de Israel pidiendo que curase la lepra de Naamán. Al leer la carta, el Rey de Israel se rasgó las vestiduras exclamando que él no tenía poder para curar. Eliseo que lo supo, le dijo que se lo enviasen a él. Naamán se detuvo ante la casa del profeta. Este ni siquiera le "examinó", diciéndole a través de un emisario: "Vete y lávate siete veces en el Jordán y tu carne se te volverá limpia". Aquello encolerizó a Naamán que esperaba que el Profeta le hubiese hecho una curación milagrosa después de frotarle con la mano la parte enferma. No obstante, obedeció a Eliseo y se lavó en el Jordán las siete veces que le había indicado y quedó maravillado cuando vió que su carne se tornaba como la de un niño pequeño, quedando limpio. Regresó donde Eliseo y quiso hacerle un buen regalo, pero a pesar de su insistencia, Eliseo no quiso aceptarlo y le dijo solamente: "?Véte en paz!".

Mas Guejazi, el criado del Profeta, que presenció la escena, mordido por la codicia se fué tras Naamán diciéndose: "Voy a correr tras él y tomaré algo de su mano". Y así lo hizo, pidiendo a Naamán un talento de plata (algo así como 8.000.000 de pesetas y dos vestidos de fiesta en nombre de Eliseo. El arameo le dió no uno sino dos talentos de plata y dos vestidos.

Al regresar Guejazi, Eliseo le preguntó de dónde venía. El criado contestó evasivamente: "Tu siervo no ha ido ni aquí ni allá". Eliseo que comprendió la mala acción de Guejazi le dijo: "Ahora has recibido plata y puedes adquirir jardines, olivares y viñas, rebaños de ovejas y bueyes, siervos y siervas. Pero la lepra de Naamán se pegará a tí y a tu descendencia para siempre". Y Guejazi salió de su presencia con lepra blanca como la nieve.

La palabra l e p r a, de origen griego, fué ya utilizada por HIPOCRATES y los médicos de la Elade para designar las lesiones aparecidas en la piel con aspeto escamoso, lo que hoy conocemos con el nombre de psoriasis. También llamaron al psoriasis lenki que significa lepra blanca. El término hebreo tsara'ath con el que designaban las lesiones blanquecinas de la piel, equivale a la palabra griega lepra.

Con la palabra tsara'ath ha sucedido como con otros muchos términos bíblicos que designan enfermedades que al no poder ser identificadas, han creado problemas insolubles de traducción. Tsara'ath es por ello una palabra que se aplica genéricamente a todas las enfermedades de la piel en general. MAIMONIDES ya lo interpretó así en su "Tumat ha tsara'ath", dando a esta palabra el significado de dermatitis o dermatosis. La verdadera lepra o lepra leonina era llamada tsara'ath ha metsah.

Los griegos conocieron la verdadera lepra y la describieron con el nombre de elefantiasis, debido a la deformación especial producida por esta enfermedad cuyos nódulos o lepromas, al ir creciendo o confluyendo, recordaban el aspecto de la piel del elefante.

Cuando los árabes comienzan a hacer traducciones de los autores griegos, surge una nueva confusión al interpretar la palabra elefantiasis por "Dal-Fil", que significa "pata de elefante". De aquí que hayan surgido en la Historia de la Medicina, términos diferentes para designar a la verdadera enfermedad de Hansen: elefantiasis graecorum y elefantiasis arabum.

Los hebreos usan la palabra juzam para describir la elefantiasis griega o lepra moderna y juzam será traducida al latín por la palabra griega lepra, la misma palabra usada por los antiguos griegos para designar diversas lesiones de la piel.

Poco a poco el sonoro y terrible nombre de lepra fué reemplazando al no menos sonoro pero más largo de elefantiasis graecorum y hoy tiene carta de naturaleza.

ANTIGÜEDAD DE LA LEPRA

En los textos más antiguos de las culturas de Oriente llegados hasta nosotros, como el Papiro de Brugsch (2.400 a.C.), las obras de Susruta en la India (Susruta Samhita), y Charaka, que fueron los dos médicos hindúes más famosos de los años 500-100 a.C., ya se menciona una enfermedad infecciosa, una de cuyas variedades producía la "pérdida del sentido del tacto", clara alusión a la lepra anestésica.

En China la mencionan varios Pen-Tsaos y los Anales de Confucio (600 a.C.). En la Biblia, en el Antiguo Testamento (Pentateuco, Levítico) se establece el concepto de leproso.

Según estos testimonios se deduce que desde tiempos muy remotos fué conocida esta enfermedad en Egipto y Oriente (Mesopotamia e India, China, Japón) extendiéndose desde allí a Grecia, la Península Itálica y Norte de Africa y ya en la Edad Media, por toda Europa.

Los Vedas de la India que recogen tradiciones orales tan antiguas como de 6.000 años a.C. demuestran que esta enfermedad debió existir desde muy remotas épocas en el Continente asiático. En el Atarva Veda y Manava-Dharma-Castra se describen los síntomas de la lepra verdadera (1500-500 a.C.) recomendándose diversas medidas profilácticas contra la enfermedad. En el Susruta-Samhita (600-100 a.C.) se cita la lepra con el nombre de Vat-ratka, Vat-shomita y Kushta, recomendándose para su curación el aceite de chaulmoogra.

Pero bajo el nombre kushta se conocían en la India un gran número de enfermedades cutáneas una de las cuales era la enfermedad de Hansen.

En China se usaba el término li o lai, en el que se incluían muy diversas afecciones de la piel, como el eczema, el prurigo y posiblemente la lepra. Otros términos chinos antiguos como lieh-fang y wu-chi siguen utilizándose para designar la lepra. Cuenta la Historia que uno de los discípulos de Confucio, de nombre Pe-Nieu, murió a causa de la lepra. La crónica de la Dinastía Chu contiene una descripción de la lepra verdadera.

Hua-To, el famoso médico-cirujano chino, en su obra "Remedios secretos completos", hace una descripción minuciosa de la lepra y sus formas, detallando las lesiones nodulosas, la ronquera, la anestesia y la contagiosidad del mal, así como la influencia de la falta de higiene, la suciedad, la superpoblación, la promiscuidad y el contacto prolongado, en la extensión de esta enfermedad.

Entre malayos e indonesios, la palabra utilizada para designar la lepra es kusta, evidente préstamo cultural hindú. En Japón, las fuentes documentales más antiguas la denominan tsumi. En las ruinas de algunos templos de Angkor (Cambodia) se han hallado bajorrelieves representando lesiones mutilantes y deformantes de lepra.

En Mesopotamia, entre asirios, babilonios, acadios, elamitas y sumerios, había diversas palabras para designar afecciones de la piel plagada de costras, pero la palabra eqpu designaba la enfermedad que destruye la cara y el cuerpo, la lepra. También se usó la palabra bennu.

HERODOTO que escribe en el año 170 a.C., consideraba a la India como el lugar de donde procedía la lepra. CTESIAS, otro gran viajero e historiador opinaba lo mismo antes que él (s. V a.C.).

En Egipto, el Papiro de Ebers (1300-1000 a.C.) además del Papiro de Brugsch citado, que recoge muy antiguos conocimientos de Egipto, describe la lepra en sus formas tuberculoide y lepromatosa con los nombres de tumores de Chous y mutilaciones de Chous.

IDEAS SOBRE EL ORIGEN DE LA LEPRA

Las distintas culturas han tratado de interpretar de muy diversas formas el origen de esta enfermedad, desde la ofensa a la divinidad (enfermedad-pecado), o a los antepasados, transgresión de un tabú y rapto del alma, hasta la hechicería o la penetración de un cuerpo extraño visible o invisible. En general se han considerado causas sobrenaturales y naturales.

El Ayurveda describe 18 variedades de lepra, atribuyéndolas unas a origen venéreo, otras a crueldad con los animales, ofensas a los padres, antepasados o divinidades, gula, avaricia o picaduras de animales venenosos. El enfermo/culpable quedaba manchado, impuro, contaminado.

El concepto asiático en general, de la aparición de una enfermedad repugnante de la piel, especialmente el tsuni o lepra, es porque el sujeto ha pecado. La enfermedad-pecado, la enfermedad-mancha, que requiere purificación, limpieza, es un concepto de los más arcaicos de la humanidad. Los hebreos heredaron esta idea desde sus orígenes en Ur, la patria de Abraham en Caldea. Sus libros, el Antiguo Testamento y tradiciones más antiguas, ya tienen muy en cuenta esta enfermedad-pecado o impureza (Levítico, Exodo, Reyes, Números).

El significado religioso de la lepra se extiende por Occidente con el Cristianismo, heredero de las tradiciones judaicas y del conocimiento bíblico. Del Antiguo Testamento pasará al Nuevo Testamento, aunque Jesús cura a los leprosos (Luc 5, 12-16), separando por primera vez los conceptos de curación del cuerpo y salud espiritual por la fe. Así continuará esta idea de enfermedad religiosa en el cristianismo por muchos siglos.

PRIMERAS DESCRIPCIONES EN EUROPA

Desde las primeras descripciones contenidas en el Corpus Hippocraticum (Aforismos III, 20; De Usu Humidorum y Epidemias, 2), aparecen unas veces asociadas a psoriasis, eczema y diversas dermopatías, otras como la verdadera lepra o elefantiasis.

CELSO describe la elefantiasis graecorum (III, 25) señalando que es afección muy crónica, que afecta a toda la constitución física del paciente, alterándose incluso los huesos, describe las manchas y los tumores numerosos de la piel, la hinchazón de la cara, piernas y pies, y la desaparición de los dedos de éstos.

ARETEO DE CAPADOCIA la llama leontiasis por el aspecto de facies leonina que adopta el rostro y las destrucciones óseas. La llama también satiriasis por el apetito sexual exacerbado que se observa en estos pacientes.

PLINIO en su Historia Natural (XXVI, 5), señala que esta enfermedad fué importada a la Península Itálica desde Egipto en tiempos de Pompeyo el Grande (10-48 a.C.).

El árabe ABULCASIS describe cuatro variedades de lepra: leonina, elefantina, serpentina y vulpina. Sus descripciones tienen gran precisión, anotando la alopecia de los pacientes, la pérdida de la voz, la aparición de úlceras en todo el cuerpo, la destrucción de la nariz, la lenta destrucción de las extremidades y el fetor oris.

Otra descripción clásica de la lepra se halla en GILBERTO ANGLICUS (1180-1250) famoso médico de la Escuela de Salerno, que participó en la Tercera Cruzada, descripción que incluyó en su "Compendium Medicinae".

En la Edad Media europea, la mejor descripción de la lepra se debe a GUY DE CHAULIAC en su obra "Inventarium sive Collectorium Partis Chirurgicallis Medicinae", publicada en 1363, que fué el texto médico y quirúrgico por excelencia en Europa por mucho tiempo.

LA LEPRA EN LA BIBLIA

El Levítico y Pentateuco contienen legislación para prevenir y tratar la lepra, señalando las formas de diagnóstico y la obligación de vivir separados los enfermos de los sanos. Una de las citas más notables es la del Exodo (Ex, 4, 6) cuando Jehová hace caer la lepra sobre la mano de Moisés y luego le ordena meter la mano en su seno y sacarla de nuevo, quedando curado. María, la mujer de Aaarón cayó enferma de lepra durante su embarazo. Dice el texto bíblico: "Estaba leprosa como la nieve". Para curarla ordena Jehová a Moisés que envíe fuera del campamento a su cuñada por siete días.

El caso de Naamán, el sirio-arameo ya citado y el del criado de Elías, Giezi sobre el cual cayó la maldición de su amo por su avaricia y engañoso proceder.

El Rey Azarías (2 Re, 15, 5) a quien "Jehová hirió con la lepra y estuvo leproso hasta el día de su muerte y habitó en casa separada".

El Rey Uzías fué leproso (Cr 26, 21-23) hasta el día de su muerte y habitó leproso en una casa apartada. Uzías u Ozías parece ser el mismo que el Azarías de 2 Re que se había rebelado contra Jehová.

Hay otros cuatro hombres innominados, leprosos (2 Re 7, 3) que estaban en la Puerta de Samaría, por haber sido segregados de la ciudad por su enfermedad.

La enfermedad de Job se ha pensado que pudiera ser lepra, pero el prurito que dice sentía y que era tan intenso que tenía un tiesto para rascarse con él, no suele presentarse en la lepra. Más bien recuerda a algún padecimiento dermatológico del tipo del prurigo. Sin embargo dice Job que su piel se ha ennegrecido y se le cae y sus huesos le arden de calor.

En el Nuevo Testamento hay varios leprosos. Jesús los sana como en el caso que se cita en Mateo (8, 1-4), que es el mismo que cuentan Marcos (1, 40-45) y Lucas (5, 12-16). Mateo (11, 5) dice que los leprosos son limpiados por Jesús. Simón el Leproso cuya casa visitan Jesús y los Apóstoles (Mat. 14, 3; 26,6) es otro de los leprosos del Nuevo Testamento.

VIAS DE DISPERSION DE LA LEPRA

Los caminos de la Historia coinciden con los caminos de la lepra.

Parece indudable que los soldados romanos que estuvieron en las campañas de Oriente, extendieron las fronteras geográficas de la lepra.

Los vikingos llevaron la enfermedad desde Inglaterra hasta el Norte de Europa. Los egipcios la llevaron a Grecia o mejor los griegos que estuvieron en Egipto adquirieron allí la enfermedad y la llevaron a su país.

Las caravanas de Oriente traían junto a sus productos comerciales, entre otras enfermedades, la lepra.

Judíos y gitanos, los primeros durante la diáspora que tuvo lugar tras la caída de Jerusalen, y los segundos en sus sucesivas y nomádicas migraciones, se instalaron en diversos puntos de Europa llevando consigo la lepra que traían de sus países de origen.

Los cruzados, a su regreso de Oriente, vinieron contagiados algunos de ellos de esta enfermedad, dispersándose por toda Europa y con ellos el mal. Al menos así se ha creído hasta ahora. Por su parte, los esclavos negros llegados de Africa a América la llevaron al Nuevo Continente. A Oceanía la llevaron los hindúes, regándola por Malasia, Indonesia y Filipinas, con el nombre de kusta y los chinos la llevaron al restos de las Islas de Polinesia. Aún en Hawaii y Tahiti se la llama "enfermedad china" (mai pake).

Sin embargo este esquema aparentemente tan simple es mucho más complejo, dependiendo de la confusión diagnóstica de las enfermedades de la piel entre las cuales había una gran variedad que iban al cajón de sastre de la lepra.

Gran parte de la Historia de la lepra está aún escondida bajo tierra. Excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en antiguos cementerios de Inglaterra (s. IV y V a.C.) como las romano-británicas de Poundbury Hill, en Dorset, han sacado a la luz esqueletos con evidentes lesiones leprosas.

Los estudios de Möller-Christensen (1944) en las excavaciones del Monasterio agustiniano de Aebelholt, cerca de Copenhague, han permitido extraer numerosos esqueletos con lesiones leprosas.

Zambaco Pachá opinaba que fueron los fenicios los primeros agentes de propagación de la lepra a los países con los que comerciaban. Por eso hubo focos de endemia leprosa en todas aquellas colonias o puertos fenicios o que en otro tiempo fueron fenicios.

HOSPITALES PARA LEPROSOS

En Inglaterra ya existían Hospitales de leprosos antes de que los marinos ingleses fuesen a las Cruzadas en 1096. Ejemplo fué el Lazareto de Horbledown, cerca de Canterbury, fundado por el obispo Lanfranc en 1089. El nombre islandés para la lepra (likprar) derivado del anglosajón kikprowere (sufrir) es antiquísimo, muy anterior a las Cruzadas.

En el s. IV la lepra era muy frecuente en las Galias. En el s. V ya había Hospitales de leprosos en lo que sería Francia y en el s. VI, los Concilios de Orléans (459) y de Lyon (583) decidieron que "en cada ciudad habrá un alojamiento separado para los leprosos, que serán alimentados y vestidos a expensas de la Iglesia para que no tengan que mendigar".

Ya por entonces la lepra era común en Galicia, Asturias, Vascongadas y en otros muchos lugares de la Península Ibérica. Pero sobre todo,las peregrinaciones a Santiago de Compostela, durante varios siglos, trajeron a nuestro suelo leprosos de toda Europa. Para ellos y para los leprosos residentes, se habilitaron lazaretos o malaterías como se llamaron estos hospitales de leprosos, en muchos lugares del Camino de Santiago, junto a los Monasterios, o cerca de las Iglesias y desde luego fuera de las ciudades.

Las invasiones árabes del s. VII fueron otra vía de penetración de la lepra en Europa, tan importantes como la que trajeron los Hunnos, los judíos de la diáspora y los gitanos que venían contaminados de la India.

La lepra estaba pues muy arraigada en Europa hasta el último confín, mucho antes de la Primera Cruzada. Pero en los s. XII y XIII apareció una pandemia que se calificó de "lepra" y que algunos autores consideran que pudo tratarse de sífilis (anterior por lo tanto al descubrimiento de América).

El año 560 Gregorio de Tours menciona la existencia de Hospitales para leprosos (leprodochia), las leproserías, que alcanzarían un número extraordinario.

Hay algo que no encaja en la pandemia de lepra del s. XIII y es que la lepra tiene un índice muy bajo de contagiosidad y requiere un largo periodo de incubación para su aparición y desarrollo, exigiendo por lo tanto una larguísima convivencia con el enfermo leproso hasta que llega a manifestarse. Y otro hecho aún más notable es la desaparición, casi tan rápida como su aparición, de la supuesta lepra.

La mayoría de los autores que han tratado sobre este tema, están de acuerdo en reconocer que el aislamiento y las medidas represivas tomadas contra los leprosos, tuvieron el efecto contrario al deseado, pues la ocultación de la lepra tiene que haber sido grande ante el temor de los enfermos de ser separados de la familia y de sus hogares, lo que ocasionó un mayor contacto y más prolongado con el enfermo. Además es sabido que un leproso puede vivir mucho tiempo con personas sanas sin contagiarlas. La lepra se contrae en la infancia o juventud y no se manifiesta hasta la edad adulta. Por este motivo muchos autores han creído que la pandemia del s. XIII pudo no ser lepra sino sífilis.

Dentro de unos meses tendrá lugar en Francia un Congreso Internacional dedicado a este tema, ya que cada día hay más dudas sobre la no existencia de sífilis en el Viejo Mundo antes del año 1492, como se suele creer. Los árabes trataron muchos supuestos casos de lepra con mercuriales con excelentes resultados y hoy sabemos que la lepra no se puede curar con mercurio. La que se curaba bien con mercurio era la sífilis. Todavía hay mucho que investigar en este terreno.

EL CAMINO DE SANTIAGO

Deberíamos decir mejor, los Caminos de Santiago, ya que no había sólo uno sino muchos ramales para llegar a Santiago de Compostela a través de los Pirineos desde todos los lugares más alejados de Europa y en España los Caminos se dirigían hacia Castilla, León, Navarra, La Rioja, Aragón, Las Vascongadas, Cantabria, Asturias para llegar a Galicia.

El camino más corto en apariencia para llegar desde Francia a Galicia era seguir por el Norte de España, cerca de la costa, aunque no era el más fácil en aquellos tiempos por lo abrupto, teniendo que atravesar por en medio de las montañas, valles profundos y en algunos tramos seguir por la costa difíciles vericuetos. Sin embargo, aquellos caminos pronto quedaron sembrados de malaterías. Los peregrinos eran socorridos y albergados en construcciones adyacentes a las Iglesias o Monasterios, a veces en los mismos templos.

Los albergues para peregrinos surgieron en las proximidades de los caminos que llevaban a Santiago. Los Reyes Alfonso III en el s. X y Alfonso VI en el s. XI fundaron varios monasterios, iglesias y casas para peregrinos. En lo alto de Puerto Pajares surgió en 1103 el Hospital de Arbas del Puerto, y otro en el camino de León a Oviedo como fué la Alberguería de Copián. En el s. XII se construyen los Hospitales de San Isidro, Río Seco en Pola de Siero, Tarna, San Clemente, Valle de Unio y Puente Mieres, todos para leprosos.

En el s. XIII, Tolívar ha señalado 24 hospitales para leprosos sólo en Asturias, cuya actividad duró hasta avanzado el s. XVIII. Muchos peregrinos se detenían en Oviedo, donde en San Salvador se guardaban valiosas reliquias y de allí iban por Lugo hasta Santiago. Los itinerarios se desviaban a veces hacia la ciudad de León para eludir el Camino de la Costa que era muy abrupto. Pero si seguían por la costa lo hacían por Llanes, Ribadesella, Arriondas y Pola de Siero entrando en Galicia por Ribadeo o bien llegaban a Fonsagrada, ya en Galicia por Peñaflor, Cabruñana, La Espina, Tineo o por Gera-Mirallo, Cangas de Tineo y Cecos.

Oviedo era muy visitado por los peregrinos que deseaban ver la famosa "Arca Santa de las Reliquias", donde se conservaban los cabellos de Santa María Magdalena y la Tierra del Sepulcro de Lázaro.

Todavía hoy se conoce el Camino que iba a Santiago como "camino francés" que traía a los peregrinos de toda Europa a través de Francia y los Pirineos por el Norte de España.

Las malaterías proliferaron al borde de estos caminos.

En Lugo hubo un Hospital de Leprosos ya en 1199 y 50 años antes ya se había construído uno en el mismo Santiago. En el País Vasco, Santander y Asturias hubo muchas malaterías y todavía, aún después de haber desaparecido materialmetne, se conservan los topónimos que las recuerdan como Río Gafo, Cerro Malato y otros por el estilo.

Las peregrinaciones a Santiago constituyeron uno de los fenómenos socio-religiosos que produjeron más impacto en las poblaciones por donde transitaban los peregrinos camino de Santiago de Compostela. Su origen está sin duda en el descubrimiento del sepulcro del Apóstol Santiago (Jacobo) hermano de Juan el Evangelista, ambos hijos del Zebedeo. El Obispo de Iria Flavia, Theodomiro, con la ayuda del Rey Alfonso II el Casto construyó el primer templo de Compostela en honor al Santo Apóstol, que sería más tarde destruído por Almanzor cuando éste conquistó Compostela. Sin embargo, los restos del Apóstol pudieron ser escondidos por el Obispo Pedro de Mezonzo. Tras la expulsión de los moros, reapareció la devoción a Santiago Apóstol y en el s. XI se reconstruyó el templo, como la gran Catedral que hoy podemos admirar en Santiago de Compostela donde millones de peregrinos impulsados por su devoción y su fe, comenzaron a llegar sin interrupción desde los más recónditos lugares del mundo cristiano. La Abadía de Cluny de la regla benedictina, fué una de las que más propició estas peregrinaciones, facilitando a los peregrinos desde Francia el acceso al Camino de Santiago.

Las tierras llanas de Navarra ofrecieron un buen paso a los peregrinos llegados de Francia que se dirigían hacia el Río Ebro tratando de evadir las zonas más montañosas. Muchos de los peregrinos eran enfermos que iban en busca de salud esperando el milagro del santo. Muchos morían por el camino. El primer gran promotor de albergues y hospitales para peregrinos en Navarra fué García el de Nájera. Las instituciones hospitalarias y con ellas los lazaretos o malaterías proliferaron por los caminos de Navarra que formaban rutas jacobeas. Hasta en los pueblecitos más pequeños había algún albergue destinado para enfermos y peregrinos. Los primeros hospitales conocidos en Navarra, cuenta Jimeno que fueron las leproserías puestas bajo el patrocinio de San Lázaro y Sta. Magdalena. Probablemente las más famosas de Navarra fueron la de la Magdalena que había extramuros de Pamplona en la margen derecha del río Arga y la de San Lázaro de Estella, con el Hospital de San Lázaro de Estella.

En la Baja Navarra, en tierras de Baigorri, estuvo el Hospital de Beaun y los de Bidarray y Urragaçaun en Ossés. La región de Cisa estaba poblada de albergues y Hospitales, muchos de los cuales alojaban leprosos solamente. En Roncesvalles estuvo el Hospital de Monconseill y el de San Juan de Irauzqueta, la alberguería de Capairón y el Hospital de Gorostgaray.

En el Valle de Erro se levantó el célebre Hospital de Roncesvalles, que llegó a convertirse en el centro hospitalario más importante de Navarra. En el Valle de Esteríbar hubo un hospital junto al puente que lleva a Zubiri dedicado a Sta. María Magdalena, para leprosos. Donde se unían los caminos de Ibañeta y Velate estuvo el Hospital de la Trinidad de Arre y antes de entrar en Pamplona estaba el Lazareto de la Magdalena. En el Valle de Lizarbe, por donde discurría uno de los ramales del camino que conectaba con los que se desviaban hacia Santiago, hubo otro famoso Hospital, el del Crucifijo y junto a él el de San Lázaro para leprosos. En la Merindad de Estella, la malatería de San Lázaro. Y el primer hospitium que se conoce en la Ruta jacobea navarra estuvo en el Monasterio de Irache (s.XI). Luego se fundaron el Hospital de Montejurra, Cogullo, Sansol, Santa María de Melgar y cuatro más que hubo en Viana.

En los alrededores de Sangüesa hubo numerosos albergues, hospitales y malaterías, como San Lázaro, San Adrián, Sta. Eufemia, San Vicente, San Nicolás. En Rocaforte estuvo el Hospital de San Pablo y en Campanas el de San Nicolás de Bari.

La Guía de Peregrinos del s. XII señalaba dos rutas para atravesar los Pirineos: una que partiendo de Olorón remontaba el Valle de Aspe hasta la cumbre del Pirineo (Summo Portu), donde estaba el Monasterio y Hospital de Sta. Cristina, seguía por Jaca hasta Puente la Reina donde enlazaba con la otra que desde Ostabat subía por Ibañeta donde estaba la famosa Cruz de Carlos ("Crux Caroli") en todo lo alto del Pirineo, lugar desde donde se divisaba el Mar Cantábrico y los reinos de Castilla, Aragón y Navarra. Desde allí seguía por Roncesvalles, Pamplona y Puente la Reina.

Otros cruzaban el Pirineo por Canfranc, Portalet y aún otros lugares más al Oriente.

El llamado "Codex Calixtinus", manuscrito medieval atribuído al propio Papa Calixto II (s. XII), que se conserva en el Archivo de la Iglesia Catedral de Compostela, relata la Historia, Vida y Milagros de Santiago Apóstol, y la aparición milagrosa de sus restos traídos después de su martirio por sus discípulos al lugar donde había predicado el Evangelio. Además señala los nombres de los lugares y caminos que llevaban a Santiago como guía para los peregrinos.

Hubo otras dos malaterías más en Logroño ciudad donde había una Iglesia dedicada al Apóstol, y un gran Hospital de Peregrinos, en Nájera otro gran Hospital de Peregrinos junto al Monasterio fundado por Don García en 1052. Otro punto de la ruta jacobea era Santo Domingo de la Calzada con otro Hospital junto al Camino de Santiago, construído por el propio Santo Domingo en una forma que la leyenda ha considerado milagrosa por el esfuerzo que puso en ella sin ayuda de nadie más que de la Divina Providencia. Siguiendo esta ruta, había más adelante en Laguardia otro gran Hospital donde se reunían los peregrinos que llegaban de Francia por Irún, Vitoria, Puerto de Peñacerrada y Leza. De allí partían para reunirse con los que llegaban de Logroño y Nájera. Seguían hasta San Juan de Ortega y por la orilla del Río Arlanzón avistaban las torres de la Catedral de Burgos donde había dos malaterías. Burgos era el punto crucial en el Camino de Santiago, considerándose como la mitad del viaje jacobeo.

Había otras malaterías en San Nicolás del Real Camino, en Sahagún, Sarriá, Cacabelos, Tolosa, Vitoria, Guetaria, Bilbao, San Vicente de la Barquera, Mondoñedo y otras muchas más.

Ya en la provincia de Palencia, había en Frómista dos importantes Hospitales para Peregrinos. En Villalcázar de Sirga se levantaba el tercero de los grandes Hospitales de Peregrinos construídos por los Templarios, después de los de Eunate y Torres del Río. En Carrión de los Condes había otro Hospital. En León, Astorga, hubo otros Hospitales como también en Puente de Orbigo. En Villafranca del Bierzo estuvieron los Hospitales de Santiago y San Lázaro y en Cebrero un Monasterio de Benedictinos con su Hospital y leprosería.

Cuentan los romances del Cid que cuando se puso en peregrinación a Santiago, se topó en el camino con un leproso y no teniendo nada que ofrecerle, estrechó su mano. Resultó que el leproso era el propio San Lázaro.

Muchos de los que fueron construídos para albergues de peregrinos, se transformaron con el tiempo en leproserías o malaterías para leprosos. No olvidemos lo que ya hemos dicho y es que bajo el rótulo de leprosos debieron de entrar en estos lugares enfermos de sarna, eczemas, psoriasis y otras muchas afecciones de la piel.

La Orden de San Lázaro fué fundada en Jerusalen en 1120. Los primeros Grandes Maestres de la Orden fueron leprosos por disposición de sus Constituciones, hasta que Inocencio IV abolió esta antigua disposición en 1253.

La Orden de San Juan de Jerusalen fué instituída en 1099 para el cuidado y defensa de enfermos y peregrinos bajo la regla de San Agustín. Cuando Saladino en 1186 se apoderó de Jerusalen, la Orden se trasladó a Rodas. Más tarde Carlos I les concedió la Isla de Malta como sede hasta que Napoleón se apoderó de la Isla.

Estas Ordenes fundaron muchos Hospitales para leprosos o lazrados como también se les llamaba.

La lepra figura en primer lugar entre las enfermedades curadas por mediación del Apóstol Santiago.

Cada malatería disponía de una habitación para los enfermos, una capilla y un establo para ganado. Su capacidad permitía mantener a 6 o 12 leprosos según el caso, cada uno de los cuales tenía su celda y a veces cabañas separadas.

Los tratamientos solían ser escasos porque se consideraba mal incurable, pero en algunos documentos se mencionan como remedios, la "Oración de San Lázaro", aguas de algunas fuentes mineromedicinales de gran poder curativo, caldo de víbora, ungüentos mercuriales, sal, ortigas, y diversas plantas aromáticas como romero, tomillo, salvia, menta. Pero sobre todo se procuraba el aislamiento de los leprosos para que no tuvieran contacto con los sanos. Incluso en las Iglesias tenían una capilla para ellos solos, separada del resto del templo por barrotes de madera. Las malaterías tenían por lo general sus propias huertas y ganado para alimentar a los enfermos. El 90 por ciento de los leprosos morían en las malaterías, seguramente muchos de ellos no de lepra sino de otras muy diversas enfermedades.

Se cree que San Francisco de Asís fué en peregrinación a Santiago. recorriendo el Camino desde la Costa de Levante hasta Oviedo y Santiago.

En realidad los Hospitales de leprosos eran depósitos de enfermos, muchos de ellos fundados por almas piadosas con el deseo de alcanzar el cielo por medio de obras de misericordia, otros fundados por Ordenes como las mencionadas de San Lázaro y de San Juan de Jerusalen y algunos por decisiones municipales. Junto con la idea de caridad cristiana se unía el interés por la salud pública y la prevención del contagio. Los leprosos, una vez denunciados a las autoridades, eran aislados y considerados muertos en vida. Debían llevar una carraca o esquila para avisar su presencia y una especie de toga (lazarea), hábito pardo grisáceo, no muy diferente del de cualquier peregrino, pero con un modiolus o barrilete colgado al cuello donde se depositaban los objetos o alimentos que les daban, con objeto de no tener ningún contacto con el leproso. Una marca identificativa sobre la esclavina que podía ser una señal roja, azul, amarilla o una pata de ánade según el país de procedencia.

El temor a la lepra fué tan grande en algunas épocas de la Historia que se solía incluir una cláusula en los testamentos que decía: "Quienes no cumplan esta voluntad sean destrozados por la lepra". Era la peor maldición que se podía desear a nadie.

Ya en el s. XVI, los Hospitales de leprosos fueron pasando de la jurisdicción eclesiástica a la civil. En España coincide el fin de siglo con la creación de Hospitales Generales. En Madrid, por ejemplo, el Hospital de San Lázaro, existente desde tiempos remotos en las afueras, al Sur de la Capital, más allá de la muralla, al final de la Cuesta de la Vega, pasó a integrarse al de Antón Martín, donde se atenderían desde entonces las enfermedades de la piel, las venéreas y la lepra. Fué la época en que la lepra se fué haciendo rara en Europa y los Hospitales de leprosos fueron quedando vacíos.

Pero durante siglos, los peregrinos mezclados con los leprosos fueron avanzando sin cesar por los duros caminos que llevaban a Santiago, encontrando muchos de ellos el alivio o la curación a sus males como parecen demostrar los muchos exvotos dejados en Iglesias y Monasterios después de su peregrinación.

Cuando ya estaban los peregrinos cerca de Galicia, los que venían por León, pasando por Sarria, Barbadelo y Portomarín, llegaban a Palas del Rey y Lestedo donde se unían otras vías jacobeas que venían de Puebla de Sanabria y Zamora. En todas había Hospitales y leproserías. Al llegar los peregrinos a Mezonzo lugar natal del famoso Obispo de Compostela San Pedro de Mezonzo, sabían que estaban casi al final de su jornada y ascendían al Mont-Joy, desde cuya cumbre se divisaban los campanarios de la Catedral de Compostela. Era un momento emocionante. Muchos se descalzaban y bajaban así hasta las puertas de la ciudad entre cánticos y oraciones. Allí estaba el "Campus Stellae", la Compostela, meta de sus anhelos, lugar donde durante siglos han concurrido millones de penitentes movidos por la fe, desde reyes a monjes, desde príncipes de la Iglesia a Santos, desde hombres encumbrados en las sociedades de su tiempo, procedentes de todos los pueblos de la Cristiandad. Obradoiro, Pórtico de la Gloria, Botafumeiro y al lado el Hospital de Peregrinos construído por los Reyes Católicos. Después del lavado ritual de pies y cuerpo e incluso ropas en el río de Lavacolla o en las fuentes de la plaza, oleadas de gente penetraban en el templo y en una confusión de lenguas se confundían gentes venidas de Francia, Alemania, Italia, Centro y Oriente de Europa con los nativos de todas las regiones de España y con ellos, muchos enfermos del cuerpo o del alma, y cientos de leprosos en busca del milagro que esperaban conseguir después de haber abrazado el busto de bronce del Santo Patrón de España.


Museo de Antropología Médico-Forense Paleopatología y Criminalística
PROFESOR JOSÉ MANUEL REVERTE COMA